El mundo animal está adornado con los colores más diversos que pueda imaginarse, hasta el punto que resulta casi imposible destacar uno en particular. Sin embargo, si ello fuera necesario, no serían pocos los votos que recibirían las alas azules, con reflejos iridiscentes y metálicos, de un cierto número de mariposas bien conocidas por los aficionados a los insectos. Las brillantes alas de estas mariposas parecen lo menos indicado para ahuyentar a los depredadores (cazadores de mariposas incluidos), por lo que se desconoce si existe algún motivo especial para tan intensa coloración. Sin embargo, recientemente se ha sugerido que el colorido azul iridiscente podría estar relacionado nada menos que con la regulación de la temperatura [Roush, Science, 269:1816 (1995)]. La historia de esta hipótesis es realmente curiosa. Un grupo de ingenieros electrónicos de la Universidad de Tufts se preguntaban por qué determinados chips formados por capas finas de silicona se deterioraban rápidamente a causa del calor acumulado. La colaboración con expertos en biomecánica llevó a estos investigadores a comprobar que la estructura física de los chips era muy parecida a la de las escamas que componen las alas de las mariposas iridiscentes, un apilamiento de finísimas láminas de quitina separadas por aire. La cuestión estriba en que para determinadas distancias entre láminas, alrededor de un cuarto de la longitud de onda de la luz roja, la luz reflejada interfiere con la luz incidente de forma destructiva, las ondas quedan fuera de fase, se cancelan y su energía se disipa en forma de calor. La luz de longitud de onda más corta (verde-azul-violeta) sufre menos este fenómeno y esto da a las alas su tonalidad característica. La pregunta estriba en si las mariposas aprovechan esta conversión de luz en calor para regular su temperatura corporal, incluso si existen diferencias en la distancia interlaminar entre mariposas de distintas localidades más o menos cálidas. Se están realizando ya experiencias en este sentido.