La caza es una actividad de ocio para un amplio sector social a la vez que un importante recurso económico cuyas rentas repercuten, directa o indirectamente, en el ámbito rural. La caza, como recurso natural renovable, precisa de una correcta gestión que debe basarse en los conocimientos sobre la bioecología de las especies objeto de aprovechamiento. Por eso, la investigación aplicada es esencial para una correcta ordenación cinegética.
La pérdida de calidad del hábitat ha sido citada por numerosos autores, p.e. [Lucio & Purroy, Gibier Faune Sauvage, 9: 417-429, (1992) ; Rands, Biol. Conserv., 40: 127-139, (1987)] como uno de los principales factores responsables del deterioro que en las últimas décadas ha sufrido la caza menor. Actualmente los medios que estas especies ocupan son, sobre todo, agrosistemas con una diversidad variable de cultivos e irregular topografía, con sectores de matorral intercalados, y caracterizados por un alto grado de intervención humana. Este proceso de intervención se traduce en la pérdida de heterogeneidad paisajística: intensificación de los cultivos, medios lineales, monocultivos y cambios en las prácticas agrícolas (uso de especies de ciclos cortos y de productos químicos -biocidas-). La heterogeneidad de hábitat es el factor que mejor correlaciona con la densidad de perdices en una zona agrícola [Vargas & Cardo, Trofeo, 317: 23-27 (1996)]. Así pues, el proceso de cambio acontecido en el medio natural parece responsable de la precaria situación que vive hoy la caza menor.
Cabe preguntarse por qué la pérdida de heterogeneidad de hábitat conlleva el deterioro de las poblaciones. El olivar, un cultivo que en Andalucía supone una parte importante del paisaje (casi el 15% del territorio y el 40% del total de superficie cultivada), es un medio típicamente lineal y homogéneo. Las prácticas agrícolas tradicionales consisten en el laboreo del suelo, es decir, el arado o volteo, la quema de rastrojos y varetas y el tratamiento químico con herbicidas, a fin de evitar que crezcan malas hierbas que puedan hacer competencia hídrica al cultivo. El laboreo actual supone la pérdida de casi 80 toneladas de suelo por hectárea y año en los olivares. El laboreo altera la composición y estructura del suelo, reduce su vida útil y lo deja más desprotegido frente a la lluvia [Pastor, M. et al., Fichas Técnicas AELC/SV, 2 (1996)]. Por tanto, el olivar es un medio donde la cobertura vegetal es escasa, donde no hay prácticamente setos marginales ni parcelas de matorral insertas en el cultivo. En estas condiciones se ha valorado como ejemplo el ciclo de vida de la perdiz roja.
La perdiz presenta una respuesta gregaria variable durante el ciclo anual (grupos reproductores en primavera, grupos familiares en verano y plurifamiliares en otoño-invierno), así como unos requerimientos específicos en cada fase. Los reproductores necesitan cobertura para hacer el nido, por eso buscan preferentemente zonas no cultivadas, con rastrojos o setos en bordes de cultivos y caminos [Ricci et al., Gibier Faune Sauvage, 7: 231-253, (1990)]. La tasa de predación de nidos decrece cuando se incrementa la altura y cobertura de la vegetación alrededor del nido. Las características del hábitat tienen especial importancia en el éxito reproductor [Rands, Ornis Scandinavica, 19:35-40 (1988)]. En el olivar esta cobertura apenas existe, ya que la fumigación de los pies de olivo y el laboreo agrícola, justo durante la incubación, dejan sin protección a las hembras y a los nidos, que son de esta forma fácilmente detectados por los predadores oportunistas.
Cuando nacen los perdigones hay dos factores limitantes. Uno es la disponibilidad de insectos durante las tres primeras semanas de vida, fase en la que los insectos suponen entre el 80 y 50% de la dieta de los pollos [Rueda et al., Ecología, 7:429-454 (1993)]. Estos primeros veinte días de vida de los pollos son críticos, ya que en ellos se produce la termogénesis y la tasa máxima de crecimiento, y constituyen la piedra angular de toda la productividad anual [Lucio, Ardeola, 37(2):207-218 (1990)]. El otro factor es la escasez de cobertura que facilita la predación. Ambos factores condicionan que los pollos deban gastar mucho tiempo y energía en buscar comida en amplias superficies descubiertas y en vigilancia antipredatoria, con lo cual su balance energético es deficitario, aumenta la probabilidad de muerte de los pollos y las pérdidas de peso. Se estima que los bandos de zonas tratadas con herbicidas tienen entre un 30 y un 50 % menos de indivíduos que los de zonas no tratadas. Las pérdidas estimadas en el olivar en un seguimiento realizado en dos cotos de la zona de Antequera durante 1995 fueron: 50 % de los nidos, 55,22 % de los huevos y 61,83% de los pollos [Vargas & Cardo, Trofeo, 317:23-27 (1996)].
A la vista de todo lo expuesto, el manejo del hábitat se presenta como la principal medida de gestión. Los pesticidas condicionan la escasez de insectos y la falta de cobertura. A estos efectos indirectos hay que unir otros directos. La acumulación de los principios activos en el hígado induce la secrección de hidrolasas hepáticas que atenúan en las aves los niveles de estrógenos circulantes, lo cual provoca un menor grado de calcificación de la pared del huevo, con lo cual es más fácil que se rompan, incluso con el peso de la madre al incubarlos [Lucio & Sáenz de Buruaga, Federcaza, 37 (1989)]. Sin embargo, los efectos indirectos, aunque aparentemente menos evidentes, son más graves.
El uso de herbicidas es imprescindible en la agricultura actual, pero se puede atenuar su impacto con el manejo del hábitat y con el uso de herbicidas de baja peligrosidad. Aumentar la diversidad del paisaje, conservar cunetas y baldíos, introducir manchas de matorral entre los cultivos, formar mosaicos o islas de cobertura permanente entre las zonas cultivadas son algunas de las soluciones. Investigadores del Game Conservancy llevan años dejando en el Reino Unido franjas marginales sin tratar en los campos de cereales. El tamaño de bandos de perdiz y la abundancia de insectos es significativamente mayor en estos campos que en los que están tratados totalmente [Rands, Journal of Applied Ecology, 22:49-54 (1985)]. Las consecuencias de este manejo no suponen pérdidas para el agricultor. Al contrario, al elevar las rentas cinegéticas consiguen una revalorización de sus tierras.
En el caso del olivar se trataría de adoptar prácticas alternativas al laboreo tradicional como el laboreo de conservación, un conjunto de técnicas entre las que destaca el desarrollo de cubiertas vegetales vivas, consistente en sembrar las calles del olivar en Septiembre y Octubre con una mezcla de cereales y leguminosas. La cubierta crecería sin ningún tipo de cuidado especial y sería segada químicamente, con herbicidas de bajo impacto, en Marzo, permaneciendo las raíces y un rastrojo sobre el suelo durante toda la primavera y el verano. Esta estrategia proporcionaría cobertura y disponibilidad de insectos durante la época de reproducción de la perdiz, con lo cual aumentaría su productividad. Además, reduciría pérdidas de nidos debidas al manejo agrícola y ofrecería biomasa vegetal en los periodos de escasez alimentaria [Vargas & Cardo, Trofeo, (en prensa)].
Estas prácticas no merman el rendimiento agrícola y dan mayor estabilidad al suelo, aumentando la productividad del cultivo. El ahorro de labores, de mano de obra y de tiempo permiten compensar gastos y aumentar el rendimiento económico del cultivo [Álvarez et al., Bol. Inf. AELC/SV, 2: 3-4, (1996)]. Esta es la hipótesis que se pretende contrastar en el marco de un proyecto de investigación que se está llevando a cabo en el Departamento de Biología Animal de esta Universidad.
Jesús Duarte Duarte es doctorando en Biología Animal