Premio Nobel 1997 de Medicina y Fisiología

Ramón Muñoz-Chápuli

Stanley B. Prusiner, un experto en virología y neuropatología de la Universidad de California en San Francisco, ha sido galardonado este año con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología. En uno de los primeros números de esta revista [Encuentros en la Biología, 4, 1-2 (1993)] nos hicimos eco de los sorprendentes resultados de este científico, antes incluso de que se desatara en el Reino Unido el escándalo de las vacas locas, muy relacionado con los trabajos de Prusiner. Pero vayamos por partes. En la nota oficial del Instituto Karolinska se dice que el Premio Nobel de este año ha sido concedido por el descubrimiento de los priones, un nuevo principio biológico de infección. Vamos a relatar cómo se gestó este descubrimiento.
Stanley Prusiner nació en 1942, y cursó sus estudios de medicina en la Universidad de Pensilvania, primero, y luego en la de California en San Francisco, centro al que ha permanecido ligado toda su vida, aunque compartiendo sus tareas entre esta universidad y la de Berkeley. En 1972, cuando Prusiner era médico neurólogo residente, uno de sus pacientes falleció a causa de la enfermedad de Creutzfeld-Jakob. Entonces se sabía que esta enfermedad neurodegenerativa se podía transmitir por extractos de cerebro, como ocurría con el kuru (que afectaba a los indígenas de una tribu de Nueva Guinea y que se transmitía por rituales caníbales) o la tembladera (scrapie) del ganado ovino. Esta constatación ya le valió un Premio Nobel al pediatra norteamericano C. Gajdusek en 1976. Estas enfermedades, y otras que afectan a los humanos, se conocen como encefalopatías espongiformes subagudas y transmisibles (EEST). Quizá la EEST más conocida sea la encefalopatía espongiforme bovina o enfermedad de las vacas locas, que ha causado gravísimas pérdidas a la economía del Reino Unido.
Se pensaba que las EEST debían ser causadas por un agente infeccioso del tipo virus lento. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Gajdusek y otros investigadores, el agente infeccioso no aparecía por ningún lado. Para complicar más las cosas, un reducido número de casos de EEST tenían una base genética, se transmitían de padres a hijos, pero, sorprendentemente, los extractos cerebrales de los afectados por estas formas familiares de la enfermedad también la transmitían a los animales de laboratorio. Peor aún, los organismos afectados no presentaban reacciones inflamatorias ni respuestas inmunitarias. Los extractos de cerebro de animales enfermos mantenían su actividad incluso después de ser sometidos a tratamiento con sustancias o procedimientos que destruyen los ácidos nucleicos, sin embargo sí eran algo más sensibles a la acción de las proteasas. ¿Un agente infeccioso sin DNA ni RNA? Esta fue la insólita hipótesis con la que Prusiner comenzó sus trabajos en los años 70.
Prusiner comenzó trabajando con ratones, pero la enfermedad era de evolución tan lenta en estos animales que era preciso esperar siete meses después de la inyección del extracto infeccioso para que comenzaran a aparecer los síntomas. Afortunadamente, la elección del hámster como modelo experimental con un menor tiempo de incubación aceleró mucho los trabajos. Así, en 1982, Prusiner logró obtener extractos cerebrales purificados que transmitían la enfermedad y que contenían una substancia de carácter proteico. Prusiner la denominó prión (por proteinaceous infectious particle). Como puede suponerse, la hipótesis de que una proteína pudiera ser el agente de una enfermedad infecciosa originó mucho escepticismo, pero esto no desanimó a Prusiner.
El primer desafío consistía en averiguar dónde se encontraba el gen codificante para esta proteína. Dos años más tarde, en 1984, el equipo de Prusiner volvía a sorprender a la comunidad científica con su resultado. El gen se encuentra en el genoma de todos los mamíferos que se investigaron, incluido el hombre. El prión, el presunto agente de gravísimas lesiones neurodegenerativas, era sintetizado normalmente en nuestro organismo. De hecho, se localizó la presencia normal de la proteína en varios tejidos y, sobre todo, en las neuronas, a nivel de las sinapsis. Los escépticos se felicitaron, pero Prusiner siguió adelante.
Una posible salida del dilema se obtuvo cuando se comprobó, mediante espectroscopía infrarroja, que la proteína del prión (PrP) se presentaba en dos conformaciones espaciales, la PrPc (normal) y la PrPSc (por scrapie, tembladera). Cuando ambas se reúnen, la PrPSc origina un cambio en la proteína normal, que adquiere la conformación de la forma patógena. La diferencia entre las dos consiste en que la conformación espacial de la PrPSc es extraordinariamente estable, resistiendo en particular la proteolisis, con lo que se evita su degradación. El resultado es que, con el tiempo, se va acumulando, causando daños que acaban con la muerte de la célula. La proteína es liberada y se agrega formando placas que dan al cerebro el aspecto esponjoso característico de la enfermedad.
Este modelo recibió un fuerte apoyo cuando en 1992 se consiguieron ratones prión knock-out, es decir, en los que se había inactivado el gen codificante para la PrPc. Cuando estos ratones eran inyectados con extractos infecciosos no desarrollaban la enfermedad. Sencillamente, ¡no había PrPc endógena que pudiera ser alterada por los priones patógenos! Para colmo de sorpresas, estos ratones sin PrPc son completamente normales, por lo que la función de la proteína del prión sigue siendo un misterio.
En cuanto a las formas familiares de EEST, pueden explicarse en el contexto de este modelo teniendo en cuenta que determinadas mutaciones genéticas podrían originar una PrP que adquiere espontáneamente la conformación resistente a proteasas. De hecho Prusiner demostró la existencia de mutaciones en dos formas familiares de EEST. La PrP mutante resistente a proteasas, inyectada en un animal experimental, podría originar el cambio de conformación de las proteínas endógenas y el desarrollo de la enfermedad.
En suma, el descubrimiento de Prusiner nos ha proporcionado un nuevo mecanismo de infección y un posible modelo de transferencia de información de proteína a proteína (en oposición al modelo clásico de transferencia de información de ácidos nucleicos a proteínas). Pero además, dicho descubrimiento puede arrojar luz sobre otras enfermedades neurodegenerativas. La enfermedad de Alzheimer podría ser contemplada bajo esta nueva perspectiva. Por otra parte, debemos desechar, en los casos de enfermedades causadas por priones, un enfoque preventivo o terapéutico basado en el sistema inmunitario, puesto que el organismo no va a desarrollar defensas contra una de sus propias proteínas. La línea de ataque debe ir dirigida a buscar procedimientos que eviten o reviertan el cambio conformacional de PrPc a PrPSc, una vez que se conozca bien cómo se produce dicho cambio (uno de los principales desafíos actuales). Esto es importante, si consideramos que todas las encefalopatías espongiformes producidas por priones, sean más o menos rápidas en su evolución, acaban siendo mortales.

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 Ramón Muñoz-Chápuli es Profesor Titular de Biología Animal en la Universidad de Málaga