La inmunosupresión y los productos naturales
José Becerra Ratia
Como es sabido, la supresión de la función del sistema inmunitario
conduce a graves trastornos orgánicos que acaban con la vida del
individuo inexorablemente en un plazo no muy largo de tiempo. La infección
con el virus VIH, causante del SIDA, constituye el ejemplo más palpable
de las graves consecuencias que puede tener la pérdida de la capacidad
de defensa inmunitaria en el hombre. La infección en sí no
tendría consecuencias si no fuera porque la misma deja al organismo
en la más absoluta indefensión frente a otras infecciones
y neoplasias (procesos cancerosos) incompatibles con la vida del paciente.
Pero sin embargo, hay circunstancias en las que la supresión
parcial (depresión) de la respuesta inmunitaria es la única
forma terapéutica de lucha contra enfermedades, en las que las reacciones
antígeno-anticuerpo ?fuera de control? son su principio y fundamento
biológico. Entre estas, se encuentran dos grupos diferentes de dolencias,
con parecida etiología pero con muy diversas consecuencias: el rechazo
de injertos y las enfermedades autoinmunes. Las primeras son las que se
desencadenan después de realizar un transplante de algún
órgano o tejido como consecuencia de las diferencias antigénicas
que quedan tras la tipificación tisular y las pruebas cruzadas donante-receptor.
En este caso, el organismo reacciona contra los antígenos extraños
produciendo anticuerpos que destruyen el órgano injertado. Las enfermedades
autoinmunes por su parte, (lupus eritematoso, miastemia gravis, artritis
reumatoide, dermatitis atópica, etc.) se producen como consecuencia
del reconocimiento como extraños de antígenos propios, es
decir, el organismo pierde la capacidad de distinguir entre lo propio y
lo ajeno, produciendo autoanticuerpos que reaccionan contra los propios
antígenos, provocando los síntomas de estas enfermedades:
inflamaciones incontroladas, lesiones cutáneas o alteración
de alguna función importante.
Para todos estos casos la administración de drogas inmunosupresoras
es, hasta hoy, el único camino posible para mantener un riñón,
corazón o hígado transplantado, o disminuir las indeseables
consecuencias de una afección autoinmune.
Los agentes químicos con capacidad inmunosupresora que se utilizan
en la actualidad, (prednisona, azatioprina, ciclofosfamida, ciclosporina,
etc.), ejercen su acción por mecanismos diferentes y muchas veces
desconocidos. Pero en todos los casos, la única ?obsesión
farmacológica? es saber cuál es la dosis mínima capaz
de producir efecto, y saber qué producto utilizar en esa lucha incesante
por disminuir los efectos secundarios, a menudo tan peligrosos como la
propia patología que se pretende frenar. La depresión general
de la médula ósea, hepatitis, hemorragias, alopecia y, en
general, pérdida importante de la capacidad de defensa frente a
infecciones, sin descartar la aparición de procesos cancerosos malignos,
son problemas que aparecen durante el tratamiento inmunosupresor, de suficiente
entidad para preocupar considerablemente.
Si a todos estos problemas, añadimos el del coste de algunos
de estos tratamientos, entenderemos que los estudios sobre inmunosupresión
ocupen un lugar importante en la investigación biomédica
actual. Baste decir, que el precio de uno de los fármacos más
actuales, la ciclosporina, (un metabolito fúngico que parece bloquear
a los linfocitos en el período Go ó
G1 de su ciclo celular, así como inhibir la
liberación de linfoquinas por los linfocitos T activados desencadenada
por antígenos), eleva el coste del tratamiento de cualquiera de
estos enfermos, por encima del millón de pesetas anuales.
Con este panorama como fondo, recientemente, un grupo de científicos
de la Universidad de Florida, ha publicado en la revista Lancet
un más que interesante estudio sobre los efectos beneficiosos que
el zumo de pomelo tiene en los enfermos sometidos a tratamiento con ciclosporina:
un sólo vaso diario de zumo de este cítrico, reduce considerablemente
la dosis de droga necesaria para prevenir el rechazo de órganos
transplantados. El estudio realizado en 14 voluntarios, manteniendo como
control la ingestión de igual cantidad de zumo de naranja o agua,
ha demostrado que la ingestión de pomelo incrementa la concentración
de ciclosporina en sangre en un 40%, esto es, la incorporación de
esta fruta a la dieta diaria del paciente, permitiría disminuir
significativamente la dosis de medicamento necesaria para mantener controlado
su proceso de inmuno-rechazo, con lo que eso puede significar para su economía
o la de la Seguridad Social y, lo que es más importante para "el
ahorro de efectos secundarios" que el organismo puede conseguir a lo largo
de su vida, pues no debemos olvidar que estos tratamientos deben permanecer
durante toda la vida del sujeto, al menos, mientras no se consiga otro
procedimiento terapéutico diferente. Los estudios continúan
en el sentido de conocer hasta cuando el aumento de la ingesta de zumo
sigue incrementando la concentración de droga en sangre y, lógicamente,
dirigidos a conocer el mecanismo molecular por el que las sustancias del
pomelo interactúan con la ciclosporina. Los investigadores sospechan
que probablemente los flavonoides, productos naturales que prestan el sabor
amargo a esta y a otras frutas, podrían ser los responsables de
la inhibición de la(s) enzima(s) que rompen la ciclosporina en la
pared del tracto digestivo, antes de alcanzar el torrente circulatorio.
Cabe esperar también, intuyo, que aun siendo cierta la hipótesis
contemplada, la interacción propuesta suponga un secuestro de la
ciclosporina en el tubo digestivo y/o en la sangre, que impida su "disponibilidad
terapéutica" para realizar su efecto en el control de la enfermedad,
toda vez que el estudio nada dice sobre la evaluación del proceso
patológico tras el uso del zumo de pomelo como coadyuvante de la
ciclosporina, pues el ensayo se ha realizado sólo durante un mes,
precipitando quizás, la publicación de unos resultados algo
preliminares. Esta suspicacia se deriva de tres "maliciosas" observaciones
realizadas por el que suscribe y de las que la ciencia moderna a veces
no puede escapar: una, la presión que los científicos norteamericanos
reciben para publicar continuamente resultados que justifiquen la subvención
que reciben; dos, que el Estado de Florida es el mayor productor de pomelo
de Estados Unidos; y tres, que el estudio está parcialmente costeado
por el Departamento de Cítricos del Estado de Florida. Todo ello,
no obstante, tiene el aval del National Institute of Health, de
la Universidad de Florida y el prestigio de los propios científicos
y de la revista que lo publica.
José Becerra Ratia es Catedrático de Biología
Celular