Un papel para la historia

Manuel José Andreu Guerrero

Desde hace años existe una tendencia cada vez mayor a favorecer un concepto dinámico de la ciencia. Esta es presentada como un proceso de constante adquisición, revisión y modificación de conocimientos acerca de la Naturaleza, en contraposición a un viejo punto de vista rígido y enciclopédico. Esta visión actual de la ciencia se interesa de un modo especial por su dimensión histórica ya que cualquier perspectiva en el tiempo permite evidenciar ese carácter dinámico que se quiere resaltar. La historia de la ciencia, como disciplina, es sin embargo un campo enormemente heterogéneo y lleno de controversia en el que pueden reconocerse al menos dos formas claramente diferentes de abordar la cuestión, y entre las que caben todo tipo de posiciones intermedias.
Existe, por una parte, una historia de la ciencia hecha desde dentro de ella misma. Esta es lógicamente la mejor conocida por quienes nos movemos de una u otra forma en el campo de la ciencia a través de artículos de revisión, de libros de texto, etc. Es una historia hecha por los propios hombres de ciencia que participan activamente en la empresa científica o se hallan muy próximos a ella. Lo más característico de este tipo de historia de la Ciencia es que generalmente los hechos son juzgados bajo el exclusivo prisma del método científico y lo son de un modo a posteriori, desde el punto de vista de un objetivo que ha sido alcanzado y que se considera un éxito mayor o menor dentro de la disciplina. Suele ser por tanto una historia de científicos para científicos que se acerca bastante a lo que podríamos llamar una crónica de la ciencia.
En el otro extremo, existe una historia de la ciencia elaborada desde fuera y cuyos límites se confunden con los de la Filosofía de la ciencia. Aparentemente, la perspectiva que otorga la distancia para evaluar un sistema de modo global debería conceder cierta ventaja a la hora de un juicio histórico más completo. Paradójicamente, este tipo de historia goza de poca resonancia dentro del ámbito científico. La razón es fácil de comprender: se trata de una postura que generalmente pone en cuestión el valor real del método científico, no tanto por una falta de corrección formal como porque se duda de que éste pueda ser realmente aplicado. De modo muy general, este tipo de historia considera que la ciencia es fruto de hombres que se ven condicionados en su actividad por factores sociales, políticos y psicológicos, que no tienen relación alguna con los fríos principios del método científico. Por tanto, una misión de la historia de la ciencia es descubrir de qué manera se desenvuelve la actividad científica en un mar de condicionantes no científicos y en el que el método se equipara a un ideal teórico que no siempre se materializa.
Uno de los filósofos-historiadores más conocidos dentro de este campo es Thomas Kuhn. Un papel para la historia es el título del primer capítulo de su libro "La estructura de las revoluciones científicas" en el que expone su particular interpretación de cómo la ciencia se ha ido desenvolviendo a lo largo de la historia. Aunque con el tiempo Kuhn modificó algunas de sus ideas, para él el progreso de la ciencia es esencialmente un proceso discontinuo que se produce a saltos (revoluciones) aun cuando el ritmo de adquisición de conocimientos sea constante. Kuhn considera que todas las disciplinas científicas evolucionan de modo similar siguiendo una serie de etapas.
Inicialmente, cuando una parcela de la Naturaleza comienza a ser abordada, se abre un periodo en el que coexisten diferentes hipótesis explicativas. Cada una de ellas responde por lo general a sólo una parte de las observaciones relacionadas con el problema y todas conviven sin demasiados conflictos. Pero tras este periodo, una de las hipótesis, generalmente de modo rápido, prevalece sobre las demás. Las causas de este protagonismo son para Kuhn oscuras, ya que la hipótesis preponderante no tiene por qué resultar ?mejor? desde un punto de vista científico. Lo cierto es que el resto de las hipótesis van desapareciendo porque pierden defensores que se hacen adeptos de la hipótesis dominante. Así surge lo que el autor denomina un paradigma: un conjunto de hipótesis aceptadas por la generalidad de la comunidad científica y que sirven como referencia básica no discutible para la actividad científica.
Comienza entonces un periodo de ciencia normal, presidido por un paradigma sólidamente establecido. La actividad investigadora se centra durante esta etapa en la reiterada confirmación del paradigma o en el retoque de aspectos secundarios poco importantes. Las observaciones que no concuerdan con el paradigma son desestimadas o infravaloradas. Es quizá en esta fase sobre la que Kuhn desarrolla la crítica más dura de la actividad científica. Frente a una imagen romántica y apasionante del científico como hombre de espíritu libre en busca de la verdad a través de su esfuerzo y su ingenio, Kuhn ofrece otra en la que el científico es un tenaz operario de la ciencia aleccionado en los principios de un paradigma que no discute; un trabajador en busca de un prestigio entre sus colegas que se cifra en ser capaz de alcanzar algún mínimo detalle relacionado con el paradigma y que no hace sino confirmar lo que ya se sabía? No es necesario explicar por qué las ideas de Kuhn no gozan de demasiada simpatía entre muchos científicos.
Sin embargo, puesto que el paradigma inicial suele ser una respuesta a sólo una parte de los fenómenos observados, las observaciones contradictorias se van acumulando hasta que las insuficiencias del paradigma se hacen demasiado evidentes. Surge así una etapa de crisis en la que el paradigma se resiste duramente a ser modificado. Esta resistencia se deriva del hecho de que desafiar al paradigma significa para el científico exponerse al desprestigio, lo que desanima a muchos de ellos. Pero finalmente el paradigma es sustituido por otro. Esta sustitución es lo que Kuhn denomina una revolución científica.
Años más tarde, Kuhn modificó sus ideas hacia una postura más moderada. Reconoció que existen criterios objetivos a la hora de elegir paradigmas aunque no siempre se apliquen y que la sustitución de un paradigma no siempre implica una ruptura brusca. Pero en lo esencial, el autor mantuvo sus planteamientos originales.
Independientemente de lo especulativa que pueda ser la interpretación de Kuhn sobre la ciencia a lo largo de la historia, lo cierto es que en efecto pueden identificarse varios campos del conocimiento científico en los que Kuhn pone de manifiesto las etapas de su modelo. Kuhn aplica sus hipótesis a teorías, mayoritariamente dentro del campo de la Física o la Química, que abarcan grandes parcelas de la Naturaleza o que han resultado de una especial significación. Pero quizá lo más revelador de las hipótesis de Kuhn es que uno puede descubrir parcelas de la historia de la ciencia no exploradas por el autor y en las que también puede reconocerse este peculiar patrón de evolución histórica. Tal es el caso, por ejemplo, de la neuroanatomía comparada del telencéfalo en vertebrados. Esta disciplina es probablemente uno de tantos ejemplos que pueden hallarse. Sin embargo, cuenta con un valor especial ya que por una parte se trata de una parcela alejada de las que Kuhn emplea para apoyar sus hipótesis, lo que da una idea del alcance conceptual que pueden tener éstas; y por otra se trata de una cuestión reciente, lo que nos permite conservar y examinar mayor número de detalles históricos al tiempo que rejuvenece el modelo.
Uno de los campos más complejos e intrigantes dentro la neuroanatomía comparada es el estudio de las relaciones evolutivas de la neocorteza de mamíferos con otras estructuras del cerebro de otros vertebrados. La tarea de responder a la pregunta ¿de dónde viene la neocorteza? es una empresa que cuenta con unos 100 años de edad. Entre 1900 y 1935 pueden reconocerse en la literatura diversas hipótesis defendidas por distintos autores. Unas defienden que la Neocorteza es homóloga al córtex lateral de reptiles, otras al córtex dorsal y otras a la cresta ventricular dorsal (DVR) (todas ellas estructuras del telencéfalo de reptiles). Los argumentos de cada una de ellas descansan sobre datos muy parciales de conexiones olfatorias en unos casos, datos embriológicos en otros, etc. Ninguna de las hipótesis explica por sí sola todas las observaciones. Estamos claramente en la etapa inicial descrita por Kuhn. Sin embargo, en 1936 aparece publicado un libro clave en la neuroanatomía: "Anatomía comparada del sistema nervioso de vertebrados incluido el Hombre" cuyo primer autor C.U. Ariëns Kappers da nombre coloquial al libro. En él se defiende la hipótesis de que la estructura homóloga a la neocorteza de mamíferos es el córtex dorsal de reptiles, en tanto la DVR de reptiles es homóloga al estriado de mamíferos. Curiosamente en el texto no se aportan argumentos nuevos para la hipótesis. Es más, a juicio de otros autores, se subestimaron, malinterpretaron o ignoraron todos aquellos datos que no concordaban con la hipótesis. Sin embargo, y a pesar de la ausencia de argumentos científicos, la hipótesis de Ariëns Kappers se impuso a partir de entonces con absoluta claridad sobre las demás. Durante los siguientes 35 años no existieron teorías rivales. Tenemos ya nuestro paradigma y la etapa de ciencia normal.
Sin embargo, las nuevas técnicas histoquímicas y de trazado de conexiones fueron aportando datos nuevos, muchos de ellos contradictorios con el paradigma. Por ejemplo, la conexiones de la DVR de reptiles resultaron ser mucho más parecidas a las de la neocorteza de mamíferos que a las del estriado. Tras la etapa de crisis, el paradigma fue finalmente derribado y en la década de los 70 apareció una nueva hipótesis en la que es la DVR la estructura que se considera homóloga a la neocorteza. Surgió así un nuevo paradigma que sustituyó al anterior tras años de resistencia: una discreta revolución científica. Pero la historia continúa y actualmente el paradigma vuelve a tambalearse, esta vez más rápidamente que la anterior. Hoy existen varias hipótesis alternativas que se disputan el puesto de paradigma en espera de una nueva y pacífica "revolución".

 Manuel José Andreu  Guerrero es Profesor de Enseñanza Secundaria en el I.E.S. José Cadalso (San Roque, Cádiz)