Los metales pesados como polucionantes tóxicos

Juan Carlos Codina Escobar y Alejandro Pérez García

    Los metales pesados son un grupo de elementos caracterizados por poseer propiedades metálicas y una densidad superior a 5. Aunque en este grupo se incluyen varios elementos esenciales para el crecimiento, reproducción y/o supervivencia de los organismos vivos, otros muchos con gran importancia económica e industrial pueden ocasionar efectos perjudiciales. Definir los principales metales tóxicos no es fácil. La Agencia para la Protección Ambiental de los Estados Unidos (E.P.A.) ha definido al berilio (un metal traza ligero) y al mercurio (un metal traza pesado) como peligrosos, lo cual significa que una ligera exposición a los mismos puede causar daños a la salud humana. Otros nueve metales han sido definidos como posibles elementos peligrosos, lo cual significa que su peligrosidad es potencial y que deben mantenerse bajo control. Son el bario, el cadmio, el cobre, el plomo, el manganeso, el níquel, el cinc, el vanadio y el estaño. Todos éstos, excepto el manganeso son metales traza, y todos, excepto el bario, son metales pesados. [Duffus, Toxicología Ambiental. Ed. Omega (1983)]
El medio ambiente recibe aportes de metales de origen tanto natural como artificial. Son procesos naturales que aportan metales al ambiente, fenómenos geológicos normales como la formación de menas, la meteorización y erosión de las rocas, la lixiviación y los fenómenos volcánicos en el fondo marino. Los aportes de origen artificial son consecuencia de la actividad humana, la mayoría procedentes de procesos desarrollados en la minería y en la industria.
Los metales pesados poseen una gran capacidad para unirse con muy diversos tipos de moléculas orgánicas. Los procesos de bioacumulación son debidos básicamente a la imposibilidad, por parte del organismo afectado, de mantener los niveles necesarios de excreción del contaminante, por lo que sufre una retención en el interior del mismo. El proceso se agrava a lo largo de las cadenas tróficas, debido a que los niveles de incorporación sufren un fuerte incremento a lo largo de sus sucesivos eslabones, siendo en los superiores donde se hallan los mayores niveles de contaminantes. Una vez incorporados a los tejidos, los metales son capaces de reaccionar con una gran variedad de sustancias. Sus efectos tóxicos específicos sobre un sistema biológico, sin embargo, dependen de reacciones con ligandos que son esenciales para la función normal de ese sistema. Así, los metales muestran gran afinidad por grupos sulfhidrilo y, en menor medida, por radicales amino, fosfato, carboxilo, imidazol e hidroxilo, pertenecientes a enzimas y otras proteínas esenciales. Los ácidos nucleicos también resultan afectados por los metales pesados. Éstos ocasionan un efecto genotóxico que puede ser catalogado en las siguientes categorías: (a) mutaciones genéticas; (b) aberraciones cromosómicas; (c) alteraciones en la síntesis y reparación de ácidos nucleicos; y (d) transformaciones celulares.
Hay similitudes concretas en la toxicidad de ciertos metales. Así, aunque las proteínas particulares que son principalmente afectadas por mercurio, plomo, cadmio y arsénico pueden diferir de un metal a otro, una interacción bioquímica similar es la responsable de la toxicidad de estos cuatro metales [Laws, Aquatic pollution. Ed. John Wiley & Sons (1981].
Mercurio, plomo y cadmio se encuentran entre los metales más prevalentes en el medio ambiente. Todas las formas de mercurio son potencialmente tóxicas, pero el rango de toxicidad varía considerablemente, siendo el vapor de mercurio la forma más peligrosa, dado que puede difundir a través de los pulmones hasta la sangre y luego hasta el cerebro, donde puede causar daños importantes. Además, al evaluar el riesgo debido al mercurio en un ambiente determinado, hay que tener en cuenta las transformaciones que puede sufrir. Probablemente la más grave de éstas sea la transformación del mercurio metálico en metil- y dimetil-derivados por la acción de microorganismos anaeróbicos, especialmente, Clostridium cochlearum, en los sedimentos acuáticos. Sus efectos más graves se produjeron en la ciudad de Minamata, ubicada en la bahía del mismo nombre. En el año 1956 se detectó una enfermedad cuya causa no pudo ser demostrada hasta 1959, achacándose a la ingestión de peces contaminados por mercurio procedente de una planta de tratamiento químico. Este mercurio resultó metilado en los sedimentos por acción bacteriana, siendo el metil-mercurio el que finalmente originó el síndrome tóxico conocido como enfermedad de Minamata.
El cadmio se emplea industrialmente como agente antifricción, antioxidante, en aleaciones, en los semiconductores, baterías y en la manufactura de PVC. En el ambiente, el cadmio es peligroso porque muchas plantas y algunos animales lo absorben eficazmente y lo concentran dentro de sus tejidos. Una vez absorbido, se combina con la proteína metalotioneína y se acumula en los riñones, el hígado y los órganos reproductores. Entre los casos de envenenamiento por cadmio mejor conocidos y documentados se encuentra el producido en Japón y denominado como enfermedad de Itai-Itai.
El plomo está ampliamente distribuido en la naturaleza, pero normalmente el riesgo máximo surge de las emisiones asociadas al uso humano del metal y de sus derivados. Los humos y el polvo proceden de la fundición de plomo, de la fabricación de insecticidas, pinturas, vidrios, y de las gasolinas que contienen aditivos de plomo. Los animales pueden absorber plomo por inhalación o ingestión. Si la absorción es lenta, la excreción lo es más aún, de manera que el plomo tiende a acumularse. La anemia es el primer síntoma de envenenamiento crónico producido por el plomo en los animales, dado que interfiere en la síntesis del grupo hemo, reflejándose en síntomas tales como naúseas, vómitos y dolores abdominales. Más grave es la degeneración del tejido en el sistema nervioso central.
El resto de metales pesados producen efectos de gravedad similar. No es de extrañar, pues, que la detección de metales pesados se haya convertido en un parámetro clave de los análisis medioambientales. Su ubicua presencia en el ambiente, especialmente en los medios acuáticos, les convierte en sustancias frente a las que nos encontramos expuestos de forma continuada. Se hace pues necesaria una rápida detección de su presencia en las muestras ambientales. Hasta hace relativamente poco tiempo, los ensayos de toxicidad que se utilizaban tenían el inconveniente de la dificultad de obtener resultados en tiempos relativamente cortos. Una detección rápida puede ser vital, y en esto, los ensayos microbianos juegan un papel fundamental. Los microorganismos, y especialmente las bacterias, presentan ciertas características que les convierten en elementos útiles en los análisis de toxicidad y genotoxicidad general, cuya sensibilidad incluye a la mayoría de los metales tóxicos. Los ensayos microbianos son simples, rápidos, sensibles y baratos, siendo su principal ventaja la comprobación directa del potencial impacto sobre la biota, sin extrapolación a partir de análisis químicos [Codina y cols. Arch. Environ. Contam. Toxicol. 25: 250-254 (1993)].

Juan Carlos Codina Escobar es Profesor de EnseñanzaSecundaria en el I.E.S. Sierra Bermeja (Málaga)
Alejandro Pérez García es Ayudante de Universidad en el Departamento de Microbiología de la Universidad de Málaga