Una tierra cambiante, una vida cambiante

 Manuel J. Andreu

 La evolución biológica constituye un conjunto de cambios en las formas de vida a lo largo del tiempo que gira en tomo a dos ejes: por una parte el potencial de variabilidad que aseguran los diferentes mecanismos reproductivos y las alteraciones de los genes (mutaciones), y por otra la selección natural. Ambos elementos conjuntamente, determinan las dos características más sobresalientes de los procesos de cambio evolutivo: la diversificación y la adaptación al medio.
La generación de variabilidad es en gran medida un mecanismo interno con respecto a los seres vivos (exceptuando el papel que juegan agentes mutagénicos externos). Aunque despierte cierto recelo teleológico, puede decirse que en los organismos vivos existe un impulso interno hacia la variación y la innovación aleatorias que viene dado por sus mecanismos de reproducción sexual. Por el contrario, la selección natural es un mecanismo externo a los seres vivos que depende de una relación entre ser vivo y ambiente. Este es un detalle importante ya que en ocasiones, implícita o explícitamente, la evolución biológica se muestra como una capacidad de cambio intrínseca de los seres vivos. La posibilidad de evolucionar se convierte así en una cualidad consustancial a lo vivo, cuando en realidad la evolución es esencialmente el resultado de una interacción en la que el ser vivo constituye sólo una de las partes implicadas.
Un ser vivo es una estructura organizada que puede mantener una serie de variables propias estables bajo la influencia de un conjunto de factores ambientales. La adaptación al medio a través de la selección natural constituye un proceso por el que los integrantes de una población o especie alcanzan un ajuste entre sus peculiaridades y las del medio que les rodea. Este ajuste o equilibrio conlleva un aumento de la eficacia biológica. El cambio evolutivo se produce cuando alguno de los dos elementos (ser vivo y entorno) o ambos varían y ello desemboca en un desequilibrio en la interacción. Aunque el ambiente no se modifique a lo largo del tiempo, la evolución biológica está asegurada porque las poblaciones proporcionan tarde o temprano innovaciones que serán favorecidas por la selección natural y que terminarán estableciéndose y dando lugar a nuevas formas de vida. El razonamiento puede hacerse aun mucho más complejo ya que para cada ser vivo el resto de seres vivos forman también parte de su entorno.
Ahora bien, si consideramos un entorno estable, cuanto mayor sea el grado de adaptación de una especie a su medio, más complejo resultará aumentar su eficacia biológica y por tanto, menores serán sus posibilidades de cambio evolutivo. Además, aunque la capacidad de variación aleatoria de los seres vivos permite una cierta tasa de cambio, esta variación no determina la dirección de dichos cambios. Por el contrario, los cambios en las condiciones ambientales originan un desajuste entre los seres vivos y su medio y este desequilibrio se convierte en un motor auxiliar que impulsa nuevos cambios. Nuevas condiciones ambientales equivalen a nuevos desafíos para la imaginación ciega de la Naturaleza. Aún más, los cambios ambientales no sólo impulsan los cambios evolutivos sino que además determinan en parte su dirección.
A menudo se resalta la notable estabilidad de las condiciones ambientales de la Tierra que ha permitido la existencia de la vida a lo largo de al menos 3.800 millones de años; pero de no menos importancia han sido las oscilaciones de estas condiciones ambientales para comprender la vida con una dimensión histórica. Internamente, la Tierra posee una estructura dinámica cuya actividad repercute en las condiciones ambientales de la superficie del planeta en la que se desarrolla la vida. La energía calorífica necesaria para esta dinámica se acumuló durante la formación del planeta, a partir de la energía residual de las miles de colisiones entre planetesimales que debieron ocurrir en su origen, y posteriormente, a partir de la desintegración paulatina de elementos radiactivos acumulados en el interior y de reajustes físico-químicos internos. Desde entonces, la Tierra se enfría, pero al disiparse hacia el exterior, el calor interno pone en marcha los mecanismos de la dinámica interna de la Tierra. Esa energía calorífica es la que «mueve» el «motor geológico» de la Tierra.
El dinamismo interno de la Tierra se manifiesta a través de dos fenómenos importantes para la geología de la Tierra y posiblemente para la evolución biológica: El magnetismo terrestre, debido a los movimientos de partículas cargadas eléctricamente en el núcleo de la Tierra y la tectónica global que, entre otras cosas, implica el desplazamiento de las masas continentales debido a corrientes de convección en la astenosfera (la capa que existe bajo la litosfera que es la capa más superficial de la Tierra).
El campo magnético de la Tierra genera un auténtico escudo protector contra diversos tipos de radiación cósmica. La magnetosfera reduce significativamente la cantidad de rayos cósmicos que llegan hasta nuestra atmósfera y disminuye por tanto la tasa de mutación asociada a ellos. Pero hoy sabemos que el campo magnético no es constante. Con frecuencia el campo magnético de la Tierra ha invertido su polaridad. La inversión magnética terrestre es un proceso que puede prolongarse durante 15.000- 20. 000 años y durante este periodo además de desvanecerse transitoriamente la dipolaridad del campo magnético, su intensidad decrece hasta un 10% de su valor habitual. Se ha especulado que esta disminución de intensidad ha podido favorecer un aumento de la tasa de mutación durante periodos en los que una mayor proporción de rayos cósmicos llegarían a la Tierra. Sin embargo, no es posible valorar de forma objetiva cuáles pueden haber sido las consecuencias concretas de esta influencia.
Mucho más evidentes son los efectos sobre la vida de la tectónica de placas. Curiosamente el descubrimiento e interpretación de las inversiones de polaridad del eje magnético fue una de las herramientas más útiles para resolver el complejo rompecabezas de la dinámica de la litosfera terrestre. Gracias a ello hoy sabemos que los fondos de los océanos surgen en mitad de continentes, se van expandiendo y luego son destruidos en un ciclo que se repite en lugares distintos de la Tierra. De esta forma, los océanos nacen, crecen y vuelven a cerrase modificando una y otra vez su geografía y distribución, mientras los continentes, como espectadores pasivos, son desgajados, empujados de un lugar a otro y vueltos a reunir en un ciclo que se repite aproximadamente cada 400 millones de años y que se denomina ciclo supercontinental.
El desplazamiento de los continentes a lo largo de la superficie terrestre ha supuesto una continua variación de las condiciones ambientales locales en la Tierra por lo que ha debido tener una influencia decisiva sobre la evolución biológica. Los cambios ambientales asociados a la deriva continental han podido deberse a varios motivos: Desde el punto de vista de cada masa continental, el cambio de latitud de cada una conlleva una inevitable modificación de su clima local. Este hecho de por sí ha podido jugar un papel crucial en la evolución por los motivos que hemos visto antes.
Desde un punto de vista global de todas las masas continentales, los argumentos son más variados y complejos. Por ejemplo, la reunión de masas continentales hasta formar grandes supercontinentes, como es el caso de la Pangea, debió establecer puentes para el flujo de seres vivos de un lugar a otro. Esto permitió modificaciones profundas en las comunidades que influyeron en su posterior evolución. Además, la unión de continentes tiene una influencia directa sobre la heterogeneidad ambiental. Cuanto mayor sea el número de continentes y más extensa sea su distribución mayor será el número de biotopos diferentes. Lógicamente, cuanto mayor sea la diversidad ambiental mayor será la diversidad biológica. Por tanto, la unión de continentes desemboca en el efecto contrario: una disminución de la diversidad biológica. Tal hipótesis concuerda de hecho con lo observado en determinadas comunidades de seres vivos. De modo contrario, puede argumentarse que la separación de diferentes masas continentales elimina puentes para el intercambio genético, determina la formación de líneas evolutivas independientes, y aumenta la heterogeneidad ambiental favoreciendo así la diversificación.
Además, la particular distribución de los continentes en cada momento ha podido tener una influencia importante sobre otros aspectos. Por ejemplo, la geografía continental influye en la configuración de las corrientes oceánicas que son factores muy importantes en los ecosistemas marinos. La distribución global de los continentes también ha podido jugar un papel importante en determinadas peculiaridades climáticas de algunas épocas de la Tierra como es el caso de las glaciaciones. Se cree que estos significativos cambios del clima terrestre han sido favorecidos por la concentración de masas continentales en el hemisferio Norte con respecto al Sur. Este hecho habría contribuido a los rigores invernales en este hemisferio y a la formación y acumulación de masas glaciares año tras año. Vemos, pues, que a través de todos estos procesos, los mecanismos internos de la Tierra determinaron cambios ambientales que a su vez habrían influido sobre acontecimientos evolutivos.
La interacción seres vivos-entomo es, desde luego, bidireccional. En ocasiones, los seres vivos también han provocado cambios notables en las características ambientales del planeta y de hecho la especie humana, uno de tantos productos actuales de la evolución, parece mostrar el convencimiento de que son los seres vivos quienes moldean la Tierra. Sin embargo, desde una perspectiva general, buena parte de la evolución biológica es el reflejo de una Tierra que se mueve internamente y modifica sus características según una dinámica propia; una Tierra cambiante que impulsa y dirige la historia de los seres vivos.

 Manuel J. Andreu es Profesor en el I.E.S. José Cadalso, San Roque (Cádiz)