Soy uno de esos organismos que los humanos, en su afán
egocentrista, denominan inferiores. Supongo que porque mi corazón
no es bicameral, ni mi circulación cerrada y completa. O tal vez
porque mi cerebro se reduce a una masa ganglionar informe. Aun así
tenemos algo en común; estamos vivos. ¡Qué trabajo
le costó a mi especie, tras largos años de evolución,
alcanzar su nicho ecológico! Y a mi familia ocupar aquella pequeña
oquedad en la ribera izquierda del Guadiamar, a poca profundidad de la
superficie. Donde la cantidad de luz que llegaba era la suficiente para
excitar mis ocelos, y la temperatura lo bastante agradable como para que
un individuo poiquilotermo como yo pudiese gozar de cierta vida placentera.
Todo resultaba demasiado idílico para un organismo como yo.
Mi único problema se limitaba a comer y a evitar ser comido. El
Guadiamar no era un lugar donde las actividades de ocio estuvieran a la
orden del día. Mis esporádicos encuentros sexuales con compañeras
de mi comunidad me reportaban los únicos momentos de gozo sensorial.
Decir espiritual sería demasiado humano. Pero mi vida y la de los
míos iba a virar bruscamente. Ni en los peores relatos de terror
que circulaban entre los de mi especie, referentes a horribles experimentos
y prácticas de disección que llevaban a cabo los humanos
con nuestros cuerpos, se mencionaba una situación tan dramática
como la que íbamos a padecer. Aquella mañana nuestro sol
se oscureció en forma de una avalancha de lodo cenagoso que inundó
todo el río y se extendió más allá de sus márgenes.
Ese barro oscuro vino acompañado de un agua ácida, que según
los humanos, contenía metales pesados. Los nombres del plomo, cinc,
cobre, hierro, mercurio y cadmio comenzaron a ser comunes para los que
nunca los habíamos escuchado previamente. Nos resultaba chocante
el hecho de que si realmente eran metales pesados, ¿por qué
se mantenían disueltos en el agua? Al parecer el estado de acidez
de la misma lo favorecía.
Nuestra ribera no se vio muy afectada por los lodos, pero sí
por ese agua ácida cargada de metales. Y comenzamos a sentir sus
efectos negativos. Algunos de mis vecinos comenzaron a fallecer a causa
de una enfermedad denominada toxicidad aguda. Otros, entre los que se encontraban
mis congéneres, resistimos un poco más. En principio nos
creímos exentos de sufrir males mayores. Pero lo cierto era que
los metales actuaban sobre nuestro material genético y nos provocaban
otra enfermedad denominada genotoxicidad. En sus casos más graves
terminaba por producir la muerte; en otros simplemente ocasionaba alteraciones
de nuestros genes, mutaciones, que nuestra descendencia heredaría
si llegaban a sobrevivir. El acúmulo de cadáveres en el Guadiamar
convirtió nuestro amado río en un extenso cementerio. Cadáveres
que ineludiblemente seguían el circuito establecido de materia y
energía, y que ocasionaban que el efecto tóxico se extendiese
a niveles tróficos superiores.
Las que se lo pasaron en grande con la nueva situación fueron
ciertas bacterias que resultaban inmunes al efecto tóxico de los
metales. Al parecer, poseían una porción de material genético
extracromosómico denominado plásmido que les confería
resistencia frente a los metales pesados. Y, además, eran capaces
de transferir copias de dicho plásmido a otras bacterias por medio
de un ritual de apareamiento que ellas denominan conjugación. Estas
bacterias proliferaron debido a su mejor adaptación. ¿Qué
pensarían los humanos si supiesen que esa resistencia a metales
también va acompañada de una resistencia a antibióticos?
Los humanos nunca nos habían prestado mucha atención
y ahora tampoco iba a ser una excepción. Sólo los habitantes
de las ?urbanizaciones residenciales? de Doñana merecían
cierta consideración. Siempre han existido organismos de primera
y de segunda clase, y evidentemente, ellos eran del primer grupo y nosotros
del segundo. Pero ni tan siquiera ellos, dotados de maravillosos espacios
y protegidos por un magnífico servicio de seguridad, quedaban exentos
de sufrir los efectos de esta catástrofe. Nosotros no disponemos
de fronteras ni aduanas que controlen el tránsito de materia de
uno a otro lugar. Y los malditos metales acompañan a esa materia
allá donde vaya. Sólo un grupo de humanos denominados ecologistas,
que se han convertido en adalides de causas como la nuestra y que han criticado
constantemente a la ministra de Medio Ambiente, nos prestaron algo de atención;
aunque al final nos sintiéramos un instrumento de sus reivindicaciones,
muchas de ellas políticas.
Últimamente nos llegan noticias de que la Administración
Central de los humanos, la Autonómica y los ecologistas andan a
la gresca decidiendo qué soluciones son las mejores. Además
de la retirada de los lodos tóxicos, queda el problema de esa agua
ácida que nos está matando. Van a añadir una sustancia
denominada óxido cálcico (¿o tal vez es hidróxido?)
que elevará el pH del agua conduciendo a una precipitación
mayoritaria de los metales en solución. Todavía habría
que encauzar el agua neutralizada para su filtrado en un lecho poroso de
caliza y retener así los metales residuales. Los productos sólidos
resultantes del proceso de precipitación se retirarán del
fondo tras la conclusión del tratamiento y se gestionarán
adecuadamente en función de su composición. Que no nos engañen;
serán simplemente almacenados en algún lugar del que, tarde
o temprano, volverán a escapar para provocar otra carnicería.
Qué bonito queda todo esto. Pero, ¿qué pasará
con nosotros? He recibido una carta de unos parientes suecos que me dicen
que estos problemas no se dan en Suecia porque actividades tan peligrosas
y contaminantes como las que han provocado este desastre sólo se
realizan en los países tercermundistas. Dicen los humanos que el
que contamina paga. Pero, ¿de qué nos sirve eso a nosotros?
No vamos a cobrar indemnizaciones millonarias; ni tan siquiera nos van
a proporcionar una nueva vivienda. Simplemente seremos una cifra en forma
de dosis letal o un estudio estadístico, que aparecerán publicados
en alguna de esas revistas científicas de los humanos. Pero nadie
recordará que yo vivía en el Guadiamar.
Juan Carlos Codina Escobar es Profesor de Biología Geolog´ñia en el I.E.S. Sierra Bermeja (Málaga)