Yo vivía en el Guadiamar


Juan Carlos Codina Escobar

Después de la catástrofe ecológica ocasionada por la rotura del embalse que la empresa sueca Boliden Apirsa poseía en Aznalcóllar para el almacenamiento de aguas y lodos procedentes de actividades mineras, decidí que era un buen momento para trabajar con mis alumnos de 3º de B.U.P este problema y los aspectos ecológicos relacionados con el mismo. ¿Qué mejor forma de hacerlo que ofrecer una hipotética visión del problema por parte de uno de los organismos afectados? Surgió así el siguiente texto con el que se pretendía por una parte, proporcionar a los alumnos una serie de conceptos relacionados con la Ecología y el problema concreto de la contaminación por metales pesados; y por otra, establecer un debate sobre los aspectos sociales (actitud de las administraciones y de los ecologistas) que un problema medioambiental de tales dimensiones genera. Todo ello, procurando al mismo tiempo que la lectura fuera amena y divertida.

 Soy uno de esos organismos que los humanos, en su afán egocentrista, denominan inferiores. Supongo que porque mi corazón no es bicameral, ni mi circulación cerrada y completa. O tal vez porque mi cerebro se reduce a una masa ganglionar informe. Aun así tenemos algo en común; estamos vivos. ¡Qué trabajo le costó a mi especie, tras largos años de evolución, alcanzar su nicho ecológico! Y a mi familia ocupar aquella pequeña oquedad en la ribera izquierda del Guadiamar, a poca profundidad de la superficie. Donde la cantidad de luz que llegaba era la suficiente para excitar mis ocelos, y la temperatura lo bastante agradable como para que un individuo poiquilotermo como yo pudiese gozar de cierta vida placentera.
Todo resultaba demasiado idílico para un organismo como yo. Mi único problema se limitaba a comer y a evitar ser comido. El Guadiamar no era un lugar donde las actividades de ocio estuvieran a la orden del día. Mis esporádicos encuentros sexuales con compañeras de mi comunidad me reportaban los únicos momentos de gozo sensorial. Decir espiritual sería demasiado humano. Pero mi vida y la de los míos iba a virar bruscamente. Ni en los peores relatos de terror que circulaban entre los de mi especie, referentes a horribles experimentos y prácticas de disección que llevaban a cabo los humanos con nuestros cuerpos, se mencionaba una situación tan dramática como la que íbamos a padecer. Aquella mañana nuestro sol se oscureció en forma de una avalancha de lodo cenagoso que inundó todo el río y se extendió más allá de sus márgenes. Ese barro oscuro vino acompañado de un agua ácida, que según los humanos, contenía metales pesados. Los nombres del plomo, cinc, cobre, hierro, mercurio y cadmio comenzaron a ser comunes para los que nunca los habíamos escuchado previamente. Nos resultaba chocante el hecho de que si realmente eran metales pesados, ¿por qué se mantenían disueltos en el agua? Al parecer el estado de acidez de la misma lo favorecía.
Nuestra ribera no se vio muy afectada por los lodos, pero sí por ese agua ácida cargada de metales. Y comenzamos a sentir sus efectos negativos. Algunos de mis vecinos comenzaron a fallecer a causa de una enfermedad denominada toxicidad aguda. Otros, entre los que se encontraban mis congéneres, resistimos un poco más. En principio nos creímos exentos de sufrir males mayores. Pero lo cierto era que los metales actuaban sobre nuestro material genético y nos provocaban otra enfermedad denominada genotoxicidad. En sus casos más graves terminaba por producir la muerte; en otros simplemente ocasionaba alteraciones de nuestros genes, mutaciones, que nuestra descendencia heredaría si llegaban a sobrevivir. El acúmulo de cadáveres en el Guadiamar convirtió nuestro amado río en un extenso cementerio. Cadáveres que ineludiblemente seguían el circuito establecido de materia y energía, y que ocasionaban que el efecto tóxico se extendiese a niveles tróficos superiores.
Las que se lo pasaron en grande con la nueva situación fueron ciertas bacterias que resultaban inmunes al efecto tóxico de los metales. Al parecer, poseían una porción de material genético extracromosómico denominado plásmido que les confería resistencia frente a los metales pesados. Y, además, eran capaces de transferir copias de dicho plásmido a otras bacterias por medio de un ritual de apareamiento que ellas denominan conjugación. Estas bacterias proliferaron debido a su mejor adaptación. ¿Qué pensarían los humanos si supiesen que esa resistencia a metales también va acompañada de una resistencia a antibióticos?
Los humanos nunca nos habían prestado mucha atención y ahora tampoco iba a ser una excepción. Sólo los habitantes de las ?urbanizaciones residenciales? de Doñana merecían cierta consideración. Siempre han existido organismos de primera y de segunda clase, y evidentemente, ellos eran del primer grupo y nosotros del segundo. Pero ni tan siquiera ellos, dotados de maravillosos espacios y protegidos por un magnífico servicio de seguridad, quedaban exentos de sufrir los efectos de esta catástrofe. Nosotros no disponemos de fronteras ni aduanas que controlen el tránsito de materia de uno a otro lugar. Y los malditos metales acompañan a esa materia allá donde vaya. Sólo un grupo de humanos denominados ecologistas, que se han convertido en adalides de causas como la nuestra y que han criticado constantemente a la ministra de Medio Ambiente, nos prestaron algo de atención; aunque al final nos sintiéramos un instrumento de sus reivindicaciones, muchas de ellas políticas.
Últimamente nos llegan noticias de que la Administración Central de los humanos, la Autonómica y los ecologistas andan a la gresca decidiendo qué soluciones son las mejores. Además de la retirada de los lodos tóxicos, queda el problema de esa agua ácida que nos está matando. Van a añadir una sustancia denominada óxido cálcico (¿o tal vez es hidróxido?) que elevará el pH del agua conduciendo a una precipitación mayoritaria de los metales en solución. Todavía habría que encauzar el agua neutralizada para su filtrado en un lecho poroso de caliza y retener así los metales residuales. Los productos sólidos resultantes del proceso de precipitación se retirarán del fondo tras la conclusión del tratamiento y se gestionarán adecuadamente en función de su composición. Que no nos engañen; serán simplemente almacenados en algún lugar del que, tarde o temprano, volverán a escapar para provocar otra carnicería.
Qué bonito queda todo esto. Pero, ¿qué pasará con nosotros? He recibido una carta de unos parientes suecos que me dicen que estos problemas no se dan en Suecia porque actividades tan peligrosas y contaminantes como las que han provocado este desastre sólo se realizan en los países tercermundistas. Dicen los humanos que el que contamina paga. Pero, ¿de qué nos sirve eso a nosotros? No vamos a cobrar indemnizaciones millonarias; ni tan siquiera nos van a proporcionar una nueva vivienda. Simplemente seremos una cifra en forma de dosis letal o un estudio estadístico, que aparecerán publicados en alguna de esas revistas científicas de los humanos. Pero nadie recordará que yo vivía en el Guadiamar.

Juan Carlos Codina Escobar es Profesor de Biología Geolog´ñia en el I.E.S. Sierra Bermeja (Málaga)