Por su abundancia en rocas sedimentarias marinas, su cosmopolitismo,
su concha fácilmente fosilizable y su tamaño manipulable,
los foraminíferos planctónicos fósiles se vienen utilizando
desde hace tiempo en bioestratigrafía (datación relativa
de estratos a partir de los fósiles que contienen). Además,
estos restos de protozoos de la clase de los rizópodos pueden proporcionarnos
información sobre el medio en que vivieron en el pasado y de cómo
éste fue evolucionando a lo largo del tiempo [Serrano et al,
Rev. Esp. Paleont., Nº Hom. Dr. Guillermo Colom: 119-128, (1995)].
Ésta última labor de indagación del pasado, que corresponde
a los micropaleontólogos, no es nada sencilla, entre otras cosas
porque es mucha la información biológica que se pierde en
el proceso de fosilización y sólo parte de ella se conserva
en el registro fósil. Pero no hay que entender este proceso sólo
como de perdida y destrucción, ya que el registro fósil además
de mantener y transmitirnos algo de información paleobiológica,
gana información en el sentido de que nos proporciona datos sobre
los procesos biológicos y geológicos que han influido en
la conservación (estos últimos estudios se encuadran dentro
de la tafonomía: estudio de los procesos del enterramiento).
Pese a todo, hay que tener claro que las asociaciones fósiles
conservadas no son ni mucho menos comunidades paleobiológicas fosilizadas.
Como mucho podremos inferir que una determinada asociación fósil
procede de restos producidos por una comunidad paleobiológica de
forma que lo que observamos actualmente tiene una composición y
estructura diferente de la original de la que procede. Para entender mejor
esto basta decir que los foraminíferos planctónicos que aparecen
en una muestra de sedimento no reflejan estrictamente a los que coexisten
en la columna de agua debido a procesos de predación, necrofagia,
..., y tampoco reflejan la composición cuantitativa de la biocenosis
debido a las diferentes tasas de producción y renovación.
Otros fenómenos adicionales producen también alteraciones,
como las corrientes que pueden arrastrar las conchas y depositarlas en
zonas distales de donde murió el foraminífero, la disolución
de la concha carbonatada en profundidad y la bioturbación (mezcla
de sedimento por organismos del fondo), por no citar los fenómenos
diagenéticos (de transformación de sedimento en roca sedimentaria)
y de resedimentación posteriores que pueden alterar la composición
según la susceptibilidad de la concha de las distintas especies.
Por todo ello, es necesario evaluar estos sesgos de información
y estudiar la representatividad de una asociación conservada si
queremos comparar el registro fósil con las comunidades actuales.
Pese a todas las limitaciones expuestas hasta ahora, los foraminíferos
planctónicos que contienen los sedimentos pueden suministrarnos
información sobre las características de la columna de agua
en que vivieron. La tarea consiste en partir de datos separados sobre los
organismos y los ambientes del pasado para llegar a integrarlos en una
reconstrucción paleoambiental, desconociendo a priori las
variables del medio. La clave del asunto está en encontrar el procedimiento
adecuado para poner de manifiesto y de forma separada cada una de las distintas
informaciones que aparecen mezcladas y superpuestas en la muestra. La metodología
general consiste en establecer la relación de una característica
biológica como pueda ser, entre otras, la frecuencia de la propia
especie o una característica fenotípica, con una o varias
características ambientales a partir de estudios sobre bionomía
actuales, y transferir el resultado a la muestra cuyas condiciones se desean
establecer. La utilización de este procedimiento lleva implícito
una serie de suposiciones como la de que existe una correspondencia directa
entre la característica biológica y la ambiental y que ésta
no ha variado a lo largo del tiempo, que esté bien documentada y
sirva para cada uno de sus estados [Loubere and Quian. Marine Micropal.,
31: 205-217 (1997)]. Esta claro que cuanto más próximos
estén los fósiles a los organismos actuales y más
próximos estén las regiones biogeográficas de las
que proceden [González-Donoso, Paleont. i Evoluc., 20:35-43,(1986)],
más segura será la transferencia.
Uno de estos procedimientos es el de las funciones de transferencia,
basadas en establecer una ecuación que relacione la composición
(transformada o no) de las asociaciones, o los valores de un índice
con los valores de una variable. Entre estas funciones cabe citar las del
análisis discriminante, la regresión de componentes principales
y la media ponderada. Las funciones de transferencia, originalmente desarrolladas
por Imbrie & Kipp (1971), están basadas en una asunción
fundamental para el caso de la estimación de paleotemperaturas superficiales
marinas (SST): que la composición de la asociación de foraminíferos
planctónicos (en nuestro caso) está directamente relacionada
con la temperatura superficial del mar (se ha visto que otros parámetros
como los nutrientes o la salinidad podrían ser condicionantes medioambientales
de la distribución de foraminíferos planctónicos,
pero las asociaciones vivientes parecen estar limitadas por un rango óptimo
de temperaturas superficiales del mar). El problema está en aplicar
este método a asociaciones del pre-Pleistoceno. Las asunciones que
se toman son, entre otras, el decir que los ejemplares de un mismo género
o bien de un mismo linaje evolutivo presentan la misma preferencia medioambiental.
Así, podemos tener en cuenta a aquellas especies extintas con descendiente
directo o con convergencia morfológica con especies actuales a la
hora de calcular la composición cuantitativa de las asociaciones.
Otro procedimiento consiste en la detección de análogos
modernos [González-Donoso and Linares, Rev. Esp. Paleont.,13:107-129,(1998)]
que trata de encontrar para cada muestra (tafocenosis pretérita)
una análoga de entre un conjunto de calibración formado por
tafocenosis recientes de foraminíferos planctónicos y sus
correspondientes temperaturas. En este último método se eliminan
las especies actuales sin representante en épocas antiguas, según
las asunciones expuestas anteriormente, y se reelaboran las relaciones
entre las asociaciones y las condiciones oceanográficas actuales,
evitando así errores en las estimaciones calculadas, aunque a mayor
número de especies no representadas, o dicho de otra forma, cuanto
más antiguo sea el ambiente del que deseemos obtener esta información
paleoambiental, menor efectividad tendrá el método.
De momento, estas técnicas cuantitativas son una valiosa herramienta
para las estimaciones sobre las paleotemperaturas superficiales marinas,
al tiempo que permiten la comparación con otras técnicas
como las geoquímicas (basadas en estudios sobre la composición
en isótopos de oxígeno de la concha del fósil).
Daniel Ramallo Ruiz es doctorando en Paleontología en la Universidad de Málaga