A principios de los años 50, antes de empezar a intuirse
la futura posibilidad de la realización de trasplantes de médula
ósea entre seres humanos o del cualquier tipo de trasplantes, se
realizaron varias observaciones experimentales interesantes en ratones
que demostraron que se podían prevenir los efectos mortales de la
aplasia medular (falta de desarrollo o destrucción de la médula
ósea) causada por irradiación, protegiendo el bazo de los
ratones mediante un apantallamiento exterior de plomo o sustituyendo la
médula ósea aplásica de los ratones irradiados por
médula ósea normal de ratones donadores no irradiados (fuente
de nuevas células madre hematopoyéticas). Tras estas observaciones
se produjeron numerosos intentos de sustituir la médula ósea
en humanos con leucemias en fase terminal, pero en aquel entonces no era
conocida la biología de las causas del rechazo, y todos los pacientes
fallecían.
No fue hasta 1968 cuando fueron por fin caracterizadas las glucoproteínas
responsables de la identidad antigénica de cada individuo, presentes
en todas sus células y que, en términos generales, determinan
el complejo principal de histocompatibilidad (MHC por major histocompatibility
complex). De entre todos los antígenos, aquellos que tienen
mayor relevancia clínica en el trasplante de médula ósea
(TMO) son: HLA-A, HLA-B y HLA-DRB1 (de human leucocyte antigens)
tres productos génicos con elevado polimorfismo. Gracias a este
importante descubrimiento fruto del esfuerzo de multitud de científicos
durante quince años, pudo procederse a la programación rigurosa
y objetiva de los trasplantes de órganos y, en el caso que nos ocupa,
de los trasplantes de médula ósea. Desde entonces a la actualidad
se ha avanzado considerablemente y se ha empleado el TMO en el tratamiento
de gran variedad de males como leucemias, hemoglobinopatías, deficiencias
inmunológicas congénitas, aplasias medulares, entre otras.
A pesar de esto, subyace el problema de la escasez de donantes, no por
la falta de voluntad de éstos sino por la dificultad de encontrar
entre ellos uno con compatibilidad antigénica plena con el receptor
necesitado urgentemente de un trasplante. Normalmente se recurre en primer
lugar a donantes emparentados familiarmente y como último recurso
a donantes no emparentados. Actualmente existen 39 registros internacionales
con el propósito de facilitar la búsqueda de donadores con
el mayor grado posible de compatibilidad con el receptor. Una alternativa
en el caso de TMO entre personas no emparentadas ha sido el uso de muestras
con población de células T (principales responsables del
rechazo) reducida artificialmente, lo que ha mejorado la calidad de vida
de los receptores. Desafortunadamente, esta estrategia también tiene
consecuencias negativas para el receptor en cuanto que merma su capacidad
de defensa inmunológica.
Durante la pasada década se ha desarrollado con éxito
una nueva fuente de células madre hematopoyéticas pluripotenciales,
que palía significativamente la falta de donadores en el caso de
TMO. Esta nueva fuente es un producto desechable de las maternidades: la
sangre del cordón umbilical (SCU). A principios de los 80 ya se
comprobó su elevado contenido en células hematopoyéticas,
con elevada capacidad proliferativa y con células linfoides aún
inmaduras, y MHC poco definido. El primer trasplante de SCU umbilical (TSCU)
efectuado con éxito fue en 1988 en un niño afectado de anemia
de Fanconi, enfermedad de carácter hereditario, en el hospital Saint-Louis
en Francia.
La principal ventaja del TSCU es la incidencia muy baja de rechazo.
Este hecho se atribuye a la escasa funcionalidad de los linfocitos fetales
en comparación con los adultos. Es la misma circunstancia que hace
a los recién nacidos más susceptibles a determinadas infecciones
virales. Incluso en casos de muy baja compatibilidad entre antígenos
del donador y antígenos del receptor, emparentados o no emparentados
familiarmente, se ha observado un enfecto prácticamente nulo de
rechazo habiéndose producido un buen asentamiento del trasplante.
Como comparación, vale mencionar que estudios de compatibilidad
realizados en casos de TMO de compatibilidad antigénica completa
entre individuos no emparentados, mostró hasta un 47% de incidencia
de enfermedad aguda por rechazo y el 70% de éstos fallecieron eventualmente
por rechazo agudo o crónico. Por contra, en estudios similares de
TSCU entre individuos emparentados y no emparentados, desde plena compatibilidad
hasta baja compatibilidad antigénica, la incidencia de enfermedad
por rechazo sólo fue del 5% en el caso de individuos emparentados
y del 20% en el de individuos no emparentados. Fue causa de muerte en el
1% y en el 6% de los casos respectivamente. Según estos datos se
puede realizar con relativa seguridad trasplantes de SCU entre indivíduos
no emparentados y con bajo grado de compatibilidad antigénica.
La obtención de la SCU es un proceso muy sencillo de baja invasividad
que no tiene consecuencias negativas para la madre o para el recién
nacido. Puede realizarse durante o después del alumbramiento (expulsión
de la placenta) por canulación de la vena umbilical y depósito
de la sangre en una bolsa conservadora provista de anticoagulante y medio
nutritivo, obteniéndose unos 99 mL y 1,1 x 109 células madre
hematopoyéticas, como valores medios. Posteriormente se procede
a su crioconservación en volúmenes menores. Ventajas adicionales
son el aumento del tamaño de la población donante, su constante
renovación y la rapidez del proceso, pues ya no se depende tan directamente
de la persona donante. En el caso de TMO se precisa la elaboración
de campañas de donación convincentes (proceso que puede tardar
varios meses). Tras la localización de los donantes potenciales,
se requiere la asistencia de éstos al centro de donación
para la extracción de muestras de sangre con el fin de realizar
tipajes antigénicos y de enfermedades víricas. Tras ser seleccionado
un determinado donante, tendría que someterse y superar varios pruebas
físicas y finalmente se procede a la extracción de médula
por punción lumbar. En el TSCU, todos estos análisis se reducen
a la propia muestra donada. Por lo tanto, en pocos días se puede
decidir la viabilidad de una determinada muestra, lo que puede salvar vidas
en casos en los que el tiempo sea un factor crítico.
Otro factor a tener en cuenta es que aproximadamente el 80% de la población
adulta es positiva a citomegalovirus (Herpesviridae). Mientras que
clínicamente la infección es leve en individuos inmunocompetentes,
en el caso de individuos inmunodeprimidos (como son los pacientes que participan
en los programas de TMO), puede tener graves consecuencias. La SCU está
protegida en la mayoría de los casos de la contaminación
por citomegalovirus, aunque el feto pueda sufrir infección intrauterina
(la infección por citomegalovirus es responsable de aproximadamente
el 14% de las muertes en neonatología). Hasta el momento, se ha
confirmado que sólo el 0,2% de las muestras de SCU están
contaminadas por citomegalovirus.
Como cualquier técnica que se desarrolle dentro del campo de
la clínica, el TSCU no sólo tiene ventajas, sino también
inconvenientes. Entre las desventajas principales destaca la transmisión
de enfermedades genéticas, enfermedades no mostradas inmediatamente
por el recién nacido durante varios años pero que pueden
manifestarse al cabo del tiempo, y que pueden haber sido transmitidas a
un receptor de SCU. Algunas de estas enfermedades pueden ser: anormalidades
de la función medular, inmunodeficiencias, talasemias o leucemias
infantiles, dentro de las más graves. Por esto, es preciso un seguimiento
del recién nacido durante los primeros 6-12 meses de vida, lo que
supone una relación estrecha entre el donante y el receptor con
el centro donde se realice el transplante, lo cual ha despertado polémicas
y debates éticos. Otras cuestiones clínicas permanecen aún
irresolubles. Una es la determinación del número mínimo
de células madre hematopoyéticas por kilogramo de peso del
receptor para conseguir un transplante satisfactorio, y de cómo
varía este número con la edad y salud del paciente. Otra
es en qué grado puede estar contaminada la SCU por linfocitos maternos
inmunocompetentes y que por lo tanto no presentan una carga antigénica
idéntica a la de la SCU (parece que sólo alrededor del 2%
de las muestras de SCU están contaminadas). Otras cuestiones están
relacionadas con la viabilidad de las muestras conservadas en nitrógeno
líquido durante mucho tiempo, es decir, con la fecha de caducidad.
El marco de los TSCU, a nivel internacional, ha despertado numerosas
cuestiones éticas relacionadas principalmente con la posesión,
privacidad, reparto y seguridad del proceso de obtención de las
muestras. Cuando se discute la ética del TSCU hay que hacer una
importante diferencia entre bancos creados para facilitar este transplante
entre individuos no emparentados, y otras entidades que ofrecen la posibilidad
de conservación de la SCU de una determinada persona con el fin
de ser utilizada por ésta misma en el futuro (transplante autólogo).
Al margen de estas cuestiones éticas sólo queda mencionar
la necesidad de coordinar objetivamente las donaciones y tratar la SCU
como un objeto de necesidad para la salud pública y como una alternativa
esperanzadora de menor invasividad, mayor seguridad y mejores resultados
que la donación de médula ósea.
Salvador Rodríguez Nieto es alumno de 5º curso de Biología en la Universidad de Málaga