Bacterias que no necesitan protección solar

Juan Carlos Codina Escobar

Sólo nos preocupamos de ella cuando llega el verano y siempre en aspectos relacionados con sus efectos nocivos sobre la piel, tras largas exposiciones al sol. Pero la radiación ultravioleta no sólo afecta exclusivamente a los seres humanos; también lo hace al resto de seres vivos.
La radiación ultravioleta es una de las bandas en las que se puede dividir la energía radiante del sol. El espectro de luz ultravioleta se divide en tres fracciones: La radiación ultravioleta entre los 220 y los 300 nm es la que presenta efectos microbiocidas; es decir, destruye virus, bacterias, mohos y otros tipos de microorganismos. No obstante, sólo una muy pequeña cantidad de radiación ultravioleta, inferior a los 295 nm logra alcanzar la superficie terrestre, debido a que es absorbida en la capa de ozono de los estratos superiores de la atmósfera. Por tanto, fundamentalmente son las fracciones A y B las que alcanzan la superficie del planeta, y las longitudes de onda más cortas encontradas en la luz solar a este nivel están incluidas dentro de la región B.
Los efectos de muerte celular ocasionados por la luz ultravioleta resultan bastante conocidos, sobre todo en células bacterianas. En algunos casos, esta muerte celular es debida a la inducción por parte de la radiación ultravioleta de dímeros de timidina que interfieren en el proceso de replicación del DNA y causan mutaciones letales. En otros casos, parece que las membranas celulares son afectadas, incrementándose la salida al exterior de iones calcio; y otros blancos moleculares, entre ellos moléculas de RNAm, pueden verse afectados negativamente [Bank et al, Appl. Environ. Microbiol. 56: 3888-3889 (1990)].
Entre los organismos que resultan más expuestos a la radiación solar y, por tanto, también a la región ultravioleta de la misma, se encuentran las bacterias que tienen como hábitat las superficies aéreas de los vegetales. Muchas de estas bacterias, como es el caso de Pseudomonas syringae son patógenas y pueden ocasionar pérdidas económicas importantes en determinados cultivos. El crecimiento como epifito es crítico para la diseminación y patogénesis de P. syringae y para su supervivencia durante el periodo de dormancia del hospedador [Hirano y Upper, Annu. Rev. Phytopatol. 28: 155-177 (1990)].
La superficie foliar de las plantas está expuesta a una alta dosis de radiación solar, incluyendo luz ultravioleta, visible e infrarroja. Las bacterias epifitas pueden, algunas veces, evitar o reducir su exposición a la radiación ultravioleta, colonizando los espacios intercelulares o las ocasionales grietas y surcos de la superficie foliar. Sin embargo, un aspecto muy interesante de cómo algunas de estas bacterias atenuan los efectos negativos de la radiación ultravioleta e incrementan su superviviencia, es el de la presencia de determinantes genéticos de resistencia a la luz ultravioleta. Se trata de un conjunto de genes generalmente plasmídicos, organizados en forma de operón, y denominados genes rulAB [Sundin et al, Gene 177: 77-81 (1996)].
Muchos plásmidos salvajes incrementan la tolerancia de los organismos que los poseen frentes a los daños ocasionados por la luz ultravioleta y otros agentes mutágenos, por medio de un sistema de reparación del DNA con tendencia al error (error-prone). Los análisis moleculares de los genes rulAB portados por los plásmidos han indicado una relación con el operón umuDC del cromosoma de Escherichia coli, implicado en el sistema SOS de reparación de daños genéticos. Además, el fenotipo de resistencia a la luz ultravioleta también se ha asociado con otros plásmidos del grupo InC, en una amplia gama de géneros bacterianos que incluyen a Pseudomonas y a bacterias acuáticas [Lodwick y Steike, Mol. Gen. Genet. 229: 27-30 (1991)].
Estos plásmidos salvajes portan genes que son importantes para P. syringae en su interacción con el hospedador: genes implicados en la patogenicidad; en la biosíntesis de factores extracelulares de virulencia tales como etileno, ácido indolacético y la fitotoxina coronatina; en la resistencia a agentes antibacterianos tales como cobre y estreptomicina; y en la ya mencionada resistencia a la radiación ultravioleta. La amplia difusión de este tipo de plásmidos entre los diferentes patovares de P. syringae es una señal del éxito evolutivo de los mismos, e implica que codifican determinantes de importancia para su ciclo vital. El estudio de los determinantes de replicación de estos plásmidos resulta de interés para: (1) obtener herramientas moleculares que permitan su eliminación de la célula hospedadora; (2) la evaluación del papel de plásmidos individuales en el proceso de virulencia; (3) proporcionar información sobre el mecanismo que permite a las cepas de Pseudomonas obtener una mayor plasticidad genómica; (4) suministrar infomación sobre la especiación de plásmidos y la evolución de nuevos grupos de incompatibilidad dentro de una población plasmídica.
El intercambio de la información contenida en estos plásmidos, probablemente, se está dando en la naturaleza, ya que la transferencia conjugativa de plásmidos entre cepas de P. syringae ha sido comprobada tanto in vitro como en planta [Sesma et al, Appl. Environ. Microbiol. 64: 3948-3953 (1998)].
Mientras los seres humanos seguiremos tomando precauciones frente a las exposiciones prolongadas a la radiación solar, sobre todo en el verano, este tipo de bacterias "campará a sus anchas" en las superficies foliares sin necesidad de protección solar.

Juan Carlos Codina Escobar es Profesor de Enseñanza Secundaria en el I.E.S. Nuestra Señora de la Paz de Cádiz