A propósito de la evolución del sistema nervioso
Salvador Guirado
El descubrimiento de que vertebrados e invertebrados expresan genes
similares (los genes homeobox) durante el desarrollo de regiones comparables
ha tenido un enorme impacto en promocionar la re-emergencia del campo de
la biología evolutiva de desarrollo. De esta re-emergencia ha salido
especialmente favorecida la biología evolutiva del sistema nervioso,
ya que, utilizando herramientas de la biología molecular, se han
estudiado los cambios de los genes homeobox ocurridos en el curso de la
evolución, pero también de los canales iónicos, de
los factores tróficos, de los neurotransmisores y de sus receptores,
o de moléculas señalizadoras. Estos datos sobre los cambios
acaecidos se pueden someter a un análisis cladístico que
nos ayudará a comprender las relaciones filogenéticas entre
las especies estudiadas.
Como consecuencia de todos estos estudios se ha puesto de manifiesto
una enorme constancia de la organización básica del sistema
nervioso de grupos de animales filogenéticamente distantes. Cada
vez que un nuevo estudio describe que compartimos determinados genes con
otros mamíferos, un ratón por ejemplo, pero que también
los compartimos con moscas o gusanos, la noticia parece hacer feliz a aquellos
que consideran al universo entero como una unidad, panvitalistas herederos
más o menos informados de las ideas de Paracelso y sus seguidores;
asimismo, la noticia puede ser de lo más desazonadora para aquellos
que piensen que la evolución está ordenada (encaminada) a
la aparición de seres inteligentes: ¿cómo puede mi
sistema nervioso compartir tantas cosas con el de un gusano? (En este punto
sería necesaria una dosis de indulgencia y generosidad por parte
del lector y no empezar a hacer odiosas comparaciones).
Bien es verdad que simplemente es posible ver en estos genes y procesos
compartidos que, junto a una enorme diversidad de diseños animales,
existen unos principios organizativos unificadores y unos procesos comunes
del desarrollo. Hoy día se sabe qué es lo que hace que una
célula se vaya a convertir en célula nerviosa. La especificación
en Drosophila para que una célula se convierta en célula
nerviosa y de que haya un límite preciso con el resto del células
vecinas (yo sí, tú no) proviene de un sistema de señalización
donde interviene el gen Notch, de tal manera que una célula
nerviosa inhibe a sus vecinas para impedir que se transformen en células
nerviosas, por lo que dichas células se transforman en células
epiteliales. Los vertebrados compartimos procesos de señalización
semejentes. Por supuesto, en el desarrollo del sistema nervioso de vertebrados
influye de manera prominente la inducción del mesodermo y otros
procesos como el de migración celular, que parecen no haber estado
presentes en el ancestro común a protostomos y deuterostomos.
También compartimos genes que tienen que ver con la neurogénesis.
Por ejemplo, aquellos que generan las diferencias en el eje antero-posterior
del sistema nervioso. Todos los animales con simetría bilateral
comparten la generación de las diferencias estructurales a lo largo
del eje antero-posterior conforme a la información posicional provista
por el complejo de genes Hox, lo cual hace que todos tengamos muchas
semejanzas en el diseño corporal. ¿Quiere esto decir que
porque estos genes que tienen una extrema conservación de sus secuencias
se expresen en el cerebro de una mosca (entiéndase aquí cerebro
en sentido de la parte más anterior del sistema nervioso) y en el
de un ratón, tengamos que admitir que ambos cerebros tienen un origen
común? Más bien no. Lo que parece claro es que compartimos
mecanismos de información posicional en el eje antero-posterior.
Y que esos mecanismos se desarrollaron una vez en el curso de la evolución
y se han conservado en todos los animales con simetría bilateral.
Después, cada grupo utiliza estos mecanismos para modelar sus respectivos
cerebros evolutivamente independientes (¿servirá esto de
consuelo?).
Algo parecido podríamos decir del eje dorso-ventral del primitivo
tubo nervioso. De la interacción entre los patrones de expresión
(patrones tanto espaciales como temporales) de los genes Œantero-posteriores?
y de los Œdorso-ventrales? se produce una regionalización dentro
del cerebro que es también bastante conservada en vertebrados. El
estudio de esta expresión ha dado lugar al desarrollo de un modelo
de la formación del sistema nervioso central de vertebrados en forma
de unidades repetitivas y comparables entre distintos grupos de animales,
llamadas rombómeros y prosómeros según afecten respectivamente
a la parte posterior o anterior del cerebro. De nuevo aquí una pregunta
fundamental para el estudio de la evolución del sistema nervioso
¿son homólogas (comparten un origen común) aquellas
regiones del cerebro de distintos animales que expresan estos mismos genes?
La pregunta no es inocua. Afecta a gran parte de la investigación
más moderna que se está haciendo en estos momentos en neurobiología
comparada, disciplina que se mueve con rapidez hacia el terreno de la biología
molecular. Mi respuesta es que no necesariamente. Es posible que esas regiones
compartan mecanismos de información posicional y de emigración
neuronal, aun de conexiones parecidas, pero que hayan evolucionado independientemente
(es decir, que no se pueda establecer un origen común) como poníamos
de manifiesto con el ejemplo en el que comparábamos el cerebro de
la mosca con el del ratón.
Lo que me parece realmente interesante ahora que han sido descritos
muchos ejemplos de conservación de genes, es que quizás ha
llegado el turno de prestar más atención a los orígenes
de las divergencias. Es decir, tenemos que explorar de qué formas
se modifican los mecanismos conservados evolutivamente para poder construir
cerebros iguales pero distintos.
Las preguntas son numerosísimas en cada uno de los niveles en
los que podemos estudiar un sistema nervioso. Sea al nivel molecular, al
celular o al de circuitos y redes neuronales hay muchas preguntas por resolver:
¿se originan los distintos tipos de células nerviosas sólo
por cambios sutiles en algunas propiedades de las moleculas que las componen?,
¿qué es lo que regula la formación de un árbol
dendrítico complejo o de un terminal axónico, que son siempre
iguales pero distintos para células nerviosas similares, como igual
pero distinto es un naranjo a otro naranjo?, ¿afectan esos cambios
morfológicos a su función?, ¿cómo se generan
las redes neuronales?, ¿y cómo cambian durante el curso de
la evolución, y cuál es el impacto de ese cambio en la conducta
de los animales? No tenemos por el momento modelos adecuados para responder
a estas y tantas otras preguntas. Lo que es cierto es que los sistemas
nerviosos de distintos grupos animales comparten muchas cosas, desde mecanismos
de formación, a neurotransmisores, receptores, y hasta circuitos
neuronales. Eso no debería extrañar. Los diferentes organismos,
tal y como los conocemos, y al mismo tiempo los órganos que los
componen, son el fruto de la aparición al azar de mutaciones
que necesariamente tienen que someterse a la selección natural,
para utilizar dos conceptos tan ampliamente aceptados. Ahora bien, si en
el azar de la aparición de nuevas mutaciones las posibilidades son
infinitas, quizás no lo sean tanto las posibilidades que permite
la selección natural.
Salvador Guirado es Profesor Titular de Biología Animal
en la Universidad de Málaga