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Congreso Internacional: Naturaleza, libertad y tecnología

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Universidad de Málaga / 24-25 de septiembre, 2026

Congreso Internacional: Naturaleza, Libertad y Tecnología / Internationaler Kongress: Natur, Freiheit und Technologie / International Congress: Nature, Freedom and Technology

Es necesario desarrollar una nueva forma de comprensión de la subjetividad, que abandone el canon establecido durante el Renacimiento cuando la subjetividad fue pensada esencialmente desde la consideración de que los sujetos eran libres para poder transformar el mundo y la naturaleza para, dominándolo, construir un mundo a la altura de la autoconciencia de la humanidad. Su voluntad para poder transformar el mundo y la naturaleza, al comienzo de la modernidad, no se encontraba más allá del bien y del mal (como sí ocurrirá al final de la modernidad), sino que se trataba al comienzo más bien de hacer de este mundo un lugar más habitable y humano. A finales del siglo XIX, la naturaleza era pensada como un obstáculo para el yo que debía liberarse de sus limitaciones. Era pensada, por Fichte, como lo Nicht-Ich. Y el idealismo absoluto hegeliano, profundizará en esta interpretación, convencido de que la historia misma de la humanidad podía ser comprendida como una suerte de transformación de ese ser otro (Anderssein). Un progresivo proceso de realización del Yo, en el que lo racional se vuelve real liberándose de su sometimiendo inicial a la naturaleza. Entre los idealistas, Schelling se había caracterizado por llamar la atención sobre la necesidad de repensar la naturaleza partiendo de esa nueva imagen de la naturaleza dinámica y orgánica que estaban desarrollando científicos como Brown. La filosofía académica se limitó a ridiculizar al joven idealista, calificándolo como un idealista objetivo en torno burlesco. 

Resulta curioso cómo la filosofía se mantuvo durante mucho tiempo tozuda para reaccionar, por un lado mostrando dificultad para comprender la nueva y científica comprensión de la naturaleza, y por otro lado, excesivamente conservadora con respecto a las ideas anticuadas sobre la comprensión del ser humano. Pero el cambio era imparable y empezaron a aparecer obras como Sein und Zeit en las que se intentaba pensar una nueva noción de subjetividad lejos de aquellas coordenadas voluntaristas propias de la filosofía moderna. Aunque es incuestionable el éxito de aquella obra de 1927, lo cierto es que su impacto real se mantuvo más en un ambiente especializado y académico, sin que llegara a generalizarse en la sociedad (ni entre los filósofos) la importancia de la necesidad de repensar el habitar (como el propio autor repetiría en aquel famoso congreso de Darmstadt de 1951), es decir, la relación entre libertad y naturaleza. Hoy, sin embargo, la cuestión es ya inaplazable. El gran poder transformador que la tecnología nos ha brindado nos ha hecho tomar conciencia de los peligros de aquella concepción de libertad que trata a la naturaleza como un mero fondo de reservas. La sociedad ya no puede poner en duda que es necesario, consciente de los actuales peligros ecológicos a los que nos enfrentamos, dejar de pensar la naturaleza como una mera realidad pasiva a nuestra disposición que estuviera ahí sometida a nuestro capricho y libre arbitrio. Debemos pensar una nueva noción de libertad si queremos que el mundo siga siendo realmente habitable. Una comprensión de la libertad a la altura de la comprensión científica de la naturaleza del momento y a la altura de los graves retos medioambientales a los que nos enfrentamos. Es deber de la filosofía llevar a cabo esta discusión, y dejar de aplazarla refugiándose en un insano y asustadizo historicismo. El pasado y la historia deben ser lugares a los que acudir para recuperar sendas perdidas, no refugios donde creer que se han resuelto ya todas las cuestiones. 

Schelling había intentado sin mucho éxito enfrentarse a sus opositores modernos acudiendo a una senda perdida: la mística medieval alemana de los siglos XVI-XVIII. No lo hacía con la intención de repetirlas, sino con la intención de buscar nuevas herramientas conceptuales, aunque nuevamente sería objeto de burla por parte de los consagrados filósofos que venían en este movimiento un retorno de la teosofía. Figuras de la filosofía mística alemana como Angelus Silesius, Jakob Böhme o el maestro Eckhart habían defendido la necesidad de dejar que las cosas ocurrieran de acuerdo con su propia esencia, sin interferencias del cálculo humano. Eckhart había llegado a desarrollar la noción de Gelassenheit para defender una nueva actitud del hombre sobre la naturaleza: una actitud que no tuviera que ver ya con la imposición de la voluntad, sino con la capacidad de abandonar la voluntad propia e individual para aceptar cómo ocurren las cosas. En una línea muy parecida pues a la de Angelus Silesius, cuando éste nos recordaba que el secreto para entender la contingencia sin por qué de una naturaleza inexplicada (representada simbólicamente por la rosa en su conocido poema) residía en aceptar su contingencia para dejarla desplegarse (o florecer). Jakob Böhme, en la misma línea, se esforzó por dejar de separar la humanidad y la naturaleza, intentando unificarlos como parte de un mismo todo que se desplegaría sin conciencia, sentido ni fundamento (Ungrund). Desde luego, Schelling no acudía a esta línea perdida con la intención de recuperar los resultados, sino con el propósito de continuar la senda truncada: la búsqueda de una idea de libertad que no se oponga ni enfrente a la naturaleza. La idea defendida por el idealista de una naturaleza pensada como fuerza dinámica que se desplegaba sin dirección ni conciencia con independencia de la libertad humana, permitía a esta misma libertad, pensarla como una parte de este proceso de despliegue, de tal manera que ya no sólo no se oponía, sino que la naturaleza era vista como el lugar real de la libertad. La libertad aparecía filosóficamente presentada como una capacidad natural y en armonía con la naturaleza. Se recuperaba en concreto esta idea de la mística alemana: no seríamos más libres por poder cambiar más las cosas del mundo, sino por la posibilidad de, a veces, dejar las cosas ser como son. Para Schelling, como defiende en 1809, esta actitud era la única que haría posible, curiosamente, comprender la naturaleza y profundizar en ella, porque lejos de pensarla como un sin sentido que debemos cambiar, aparecía ahora como una suerte de revelación no escrita en la que habría que profundizar para entender el sentido mismo de la existencia. 

A veces, podemos llegar a pensar que hay cosas de la naturaleza que querríamos cambiar. Y cuando está en nuestro poder hacerlo, la humanidad puede sentarse libre para hacerlo gracias a la tecnología. Pero a veces, hay cosas que al ser cambiadas acaban transformando la naturaleza misma y apareciendo consecuencias que en el fondo, de haberlas previsto, habríamos preferido mantener. La auténtica libertad debe ser pensada desde una profunda concepción del dejar y el permitir. En última instancia es evidente que esta naturaleza es la que ha hecho posible la existencia humana como un producto mismo de esa fuerza natural dinámica. Cambiar la naturaleza: ¿no nos pone en el peligro de cambiar la naturaleza misma que vuelve habitable la naturaleza en la que la existencia humana ha tenido lugar?

Años después, ya en mundo mucho más tecnificado, y donde los peligros de la nueva tecnología se habían vuelto mucho más evidentes, Heidegger recuperaba aquella idea de dejar-ser (Sein-lassen) para redefinir la libertad como apertura hacia lo que se manifiesta y a lo que sucede. No se trataba en ningún caso de proponer una vuelta al misticismo (como a veces se le ha acusado precipitadamente), sino de recuperar aquella senda perdida en la que la libertad no era pensada como voluntad de poder transformar el mundo. Para Heidegger pensar, por el contrario, sólo se puede hacer propiamente cuando en lugar de cambiar o transformar algo nos esforzamos por entenderlo tal y como es. Entender las cosas como son, pasa, sin embargo, por aceptar su contingencia. O si se me permite, entender que la contingencia no es razón suficiente para cambiar algo, que no sólo lo necesario debe existir. Que exista lo contingente, la rosa sin por qué, es algo que debemos aprender a aceptar. Las cosas son como son y han llegado a ser como son sin conciencia y con independencia de nuestra voluntad. Esa naturaleza contingente que podemos transformar es la naturaleza que ha hecho posible la existencia humana como es. Somos como aquella rosa de Silesius. Quizás, el mayor ejercicio de libertad (el más difícil) tenga que ver, siguiendo esta senda perdida del pensar,  con nuestra capacidad de aceptar que el mundo donde es posible el habitar humano sobre la tierra es aquel contingente que ha llegado a ser como es y que como tal debemos aprender a habitar. Convirtiéndonos en una suerte de redentor de la naturaleza (que decía Schelling en 1809 en un claro enfrentamiento contra Hegel). En caso contrario, y como empiezan a afirmar ya los continuadores de aquella concepción moderna de libertad zur Wollen, tendremos que prepararnos para una nueva forma de humanidad, transhumana capaz de vivir sin esta tierra. Una humanidad ya no necesariamente pensada terrestre, y que empiece a poner su mirada en las estrellas en su particular Prima Nova

No se trata de volver a Schelling o Heidegger con la creencia de que en el pasado se resolvieron todos los problemas. Es la actitud algo cobarde del filósofo que ha reducido su ejercicio a mera hermenéutica sobre un pasado desconectado del presente y del futuro. Se trata de retomar aquella senda perdida cuando los retos ecológicos que han acontecido como resultado de nuestro poder transformador nos obligan a replantearnos si, para que la tierra siga siendo habitable, no deberíamos repensar nuestra relación con la naturaleza y redefinir la subjetividad partiendo de una nueva idea de libertad continuando la reflexión de la senda de la responsabilidad abierta por H. Jonas en 1979, con aquel Das Prinzip Verantwortung.

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