El periodista y corresponsal de guerra Antonio Pampliega ofreció una conferencia en el Aula Magna de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Málaga que se convirtió en una clase magistral de periodismo para los estudiantes y profesores asistentes.

Durante la conferencia el periodista dejó claro que su objetivo no era impresionar, sino desmontar la imagen idealizada del corresponsal de guerra y mostrar a los futuros periodistas la parte del oficio que nadie cuenta: la que se vive cuando no hay cámaras delante y el silencio pesa.

Pampliega, que ha trabajado como corresponsal de guerra en cuatro continentes, habló sin dramatismos y sin buscar heroísmo. Explicó que el periodismo en zonas de conflicto no es una aventura ni un escenario para la valentía personal, sino un trabajo duro, solitario y marcado por decisiones que pueden costar vidas. Subrayó que la verdadera responsabilidad del reportero es dar voz a quienes sufren la guerra, no convertirse en protagonista de ella: “Es un trabajo en el que te juegas la vida”.

Ante los profesores presentes y los estudiantes, insistió en que ninguna facultad prepara para lo que se encuentra sobre el terreno: cadáveres, familias rotas, niños que crecen entre ruinas, compañeros que no regresan. Recordó que la guerra no es un concepto abstracto, sino un lugar donde el periodista debe aprender a moverse con miedo, con incertidumbre y con la obligación ética de contar lo que ve, aunque duela.

La salud mental, la herida invisible

El momento más contundente de la conferencia llegó cuando abordó el tema que, según él, sigue siendo el gran tabú del periodismo de guerra: la salud mental. Habló de traumas, de noches sin dormir, de imágenes que vuelven una y otra vez y de la dificultad de retomar la vida cotidiana después de convivir con la muerte. Señaló que las redacciones exigen crónicas rápidas, exclusivas y presencia constante, pero rara vez preguntan cómo está el periodista que las escribe. Para Pampliega, esta es la parte más oscura y menos contada del oficio: la factura emocional que se paga por informar desde el frente.

Durante su intervención, Pampliega recordó su secuestro en Siria en 2015, cuando fue capturado junto a sus compañeros Ángel Sastre y José Manuel López, un episodio que lo obligó a enfrentarse a la posibilidad real de no volver a casa. También mencionó a otros colegas como Javier Espinosa, Ricardo García Vilanova o Marc Marginedas, cuyos secuestros y pérdidas en el oficio han marcado a toda una generación de corresponsales.

Mientras él trataba de sobrevivir al cautiverio en manos de Al Qaeda, su familia vivía una angustia paralela: sus padres pasaron meses sin noticias, temiendo cada día recibir la peor llamada. Pampliega admitió que, en muchos sentidos, «ellos sufrieron más que yo», recordando que la guerra también hiere a quienes esperan al otro lado.

Al estudiantado le dejó una reflexión clara: ser corresponsal de guerra no es un título ni una aspiración romántica, sino un compromiso profundo con la verdad y con las personas que viven en los márgenes del mundo. Les recordó que el periodismo puede cambiar miradas, pero también cambia a quienes lo ejercen, y que es imprescindible aprender a cuidarse para poder seguir contando historias.