Cuando se habla del mar Mediterráneo se suelen recordar las oportunidades de ocio que ofrece, la famosa dieta que lleva su nombre e, incluso, las civilizaciones de Europa que se han desarrollado en el entorno, además de su uso como vía de comunicación. Sin embargo, son pocos los que pueden pensar que de él depende la temperatura de un lugar tan alejado como Noruega. Y es que estas aguas no se diluyen rápidamente al entrar en contacto con el océano Atlántico en el Estrecho de Gibraltar, sino que lo van haciendo lentamente hasta llegar al norte del hemisferio pudiendo así formar parte de la circulación ‘termohalina’, proceso de vital importancia en el clima global de la Tierra.

Con el objetivo de conocer el recorrido que realizan estos flujos un equipo de expertos del Grupo de Oceanografía Física de la Universidad de Málaga (GOFIMA), del Laboratorio Oceanográfico de Cádiz del Instituto Español de Oceanografía (equipo que lidera el estudio) y del Consejo Superior de Investigaciones Científicas ha desarrollado una línea de estudio que analiza las corrientes del Golfo de Cádiz y sus consecuencias erosivas en el fondo marino.

“El Mediterráneo tiene una densidad mayor que la del Atlántico debido a su alta salinidad. Esto junto con los obstáculos que tiene que salvar debido al escarpado relieve submarino de la zona, le confieren una gran energía y como resultado, una alta capacidad erosiva”, explica Jesús García Lafuente, catedrático de Física de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de Telecomunicación y responsable de GOFIMA.

Estas salidas y entradas han ido dando forma a la topografía del fondo del mar. “El intercambio bidireccional a través del Estrecho de Gibraltar está próximo a un millón de metros cúbicos por segundo, unas cinco veces el caudal del Amazonas”, subraya García Lafuente.

Antes de diluirse en las profundidades intermedias del Océano Atlántico, las aguas describen un tortuoso descenso por pronunciados canales del talud continental del Golfo de Cádiz, que han sido erosionados por esta misma corriente desde la última apertura del Estrecho a finales del Mioceno, hace 5.2 millones de años. De este modo sortea montañas submarinas y discurre por canales que se entrecruzan una y otra vez, para finalmente despegarse del fondo marino en la parte occidental del Golfo de Cádiz y continuar su viaje como flujo de flotabilidad neutra en el océano Atlántico.

Para describir este intrincado periplo, los científicos han utilizado cerca de 20.000 perfiles de datos oceanográficos (muestras verticales), adquiridos en los últimos 50 años en toda esta región, en el marco de diversos proyectos. Las observaciones de temperatura, salinidad y velocidad tomadas a pocos metros del fondo marino, sumado a otras metodologías, como la batimetría de alta precisión (conjunto de técnicas para la medición de las profundidades), han servido para describir el itinerario y las transformaciones que sufre esa densa corriente mediterránea en sus primeros 200 kilómetros de viaje por el océano abierto con un grado de detalles sin precedentes.

“Este estudio ha sido posible, en buena medida, gracias a una estación de monitorización emplazada en esta región. Sería de vital importancia conservarla para poder recabar información a lo largo de los años y así poder analizar la evolución del Mediterráneo y sus efectos. Instalada hace ya 13 años por GOFIMA, en la actualidad es el Instituto Español de Oceanografía, con Ricardo Sánchez Leal -líder de este estudio- a la cabeza, quien se va a hacer cargo del mantenimiento de esta instalación, aunque sería importante que más instituciones financiaran este proyecto”, advierte el físico.

Lejos de ser un sistema estacionario, las corrientes experimentan desbordamientos que forman surcos y otras morfologías de pequeña escala y que tienen una gran relevancia en la cantidad de sal en la cuenca atlántica. Cuantificar estos flujos de agua y sal y determinar cómo se distribuyen espacialmente en sus primeros momentos en el océano abierto es fundamental para comprender qué papel desempeñan en el clima global y evaluar sus implicaciones en futuros escenarios de cambio climático.

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Autores: Ricardo F. Sánchez-Leal, María Jesús Bellanco, Luis Miguel Fernández-Salas, Jesús García-Lafuente, Marc Gasser-Rubinat, César González-Pola, Francisco J. Hernández-Molina, Josep L. Pelegrí, Alvaro Peliz, Paulo Relvas, David Roque, Manuel Ruiz-Villareal, Simone Sammartino, José Carlos Sánchez-Garrido (2017): “The Mediterranean Overflow in the Gulf of Cadiz: A rugged journey”. Science Advances, vol 3, nº 11. 

Investigadores de la UMA

Jesús García-Lafuente

José Carlos Sánchez-Garrido

Simone Sammartino

Disponible en línea: https://doi.org/10.1126/sciadv.aao0609